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martes, 15 de septiembre de 2009

TIM WALKER ESTILO PHILIPPE HALSMAN

("Pop-corn Nude", 1949)


"JUAN Y EL LOBO"


Fotografía: Jean Baptiste Mondino





"¡Baila, baila, muñequita!" (Hans Christian Andersen)




Fotografía: Tim Walker (Inglaterra)

http://www.timwalkerphotography.com/











"¡Baila, baila, muñequita!"



(Cuento infantil de Hans Christian Andersen)


- Sí, es una canción para las niñas muy pequeñas - aseguró tía Malle -. Yo, con la mejor voluntad del mundo, no puedo seguir este «¡Baila, baila, muñequita mía!» -. Pero la pequeña Amalia sí la seguía; sólo tenía tres años, jugaba con muñecas y las educaba para que fuesen tan listas como tía Malle.
Venía a la casa un estudiante que daba lecciones a los hermanos y hablaba mucho con Amalita y sus muñecas, pero de una manera muy distinta a todos los demás. La pequeña lo encontraba muy divertido, y, sin embargo, tía Malle opinaba que no sabía tratar con niños; sus cabecitas no sacarían nada en limpio de sus discursos. Pero Amalita sí sacaba, tanto, que se aprendió toda la canción de memoria y la cantaba a sus tres muñecas, dos de las cuales eran nuevas, una de ellas una señorita, la otra un caballero, mientras la tercera era vieja y se llamaba Lise. También ella oyó la canción y participó en ella.

¡Baila, baila, muñequita,
qué fina es la señorita!
Y también el caballero
con sus guantes y sombrero,
calzón blanco y frac planchado
y muy brillante calzado.
Son bien finos, a fe mía.
Baila, muñequita mía.

Ahí está Lisa, que es muy vieja,
aunque ahora no semeja,
con la cera que le han dado,
que sea del año pasado.
Como nueva está y entera.
Baila con tu compañera,
seréis tres para bailar.
¡Bien nos vamos a alegrar!
Baila, baila, muñequita,
pie hacia fuera, tan bonita.
Da el primer paso, garbosa,
siempre esbelta y tan graciosa.
Gira y salta sin parar,
que muy sano es el saltar.
¡Vaya baile delicioso!
¡Sois un grupo primoroso!

Y las muñecas comprendían la canción; Amalita también la comprendía, y el estudiante, claro está. Él la había compuesto, y decía que era estupenda. Sólo tía Malle no la entendía; no estaba ya para niñerías.
- ¡Es una bobada! - decía. Pero Amalita no es boba, y la canta. Por ella es por quien la sabemos.




lunes, 7 de septiembre de 2009

"CAMAS DESDE UN PESO" (Tuñon)


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Fotografía: Horacio Coppola (Argentina)
Villa Miseria sobre el Riachuelo, 1936
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"Camas desde un peso" (Enrique González Tuñón)

Éramos cinco y nunca nos dijimos más que las buenas noches. Mi compañero de la derecha tenía una empalagosa sonrisa de maniquí. Acercábase a su cama en puntas de pie para no turbar nuestro sueño y si nos sorprendía con los ojos abiertos, saludaba con amable inclinación de vendedor de tienda.

El de la izquierda, de rostro barbudo y sórdido, vivía en perpetua actitud de contrabando; ocultaba su ropa debajo del colchón, temeroso del robo o de la requisa, y encogíase como un culpable bajo las sábanas. Al atardecer dejaba el hostal y con las manos en los bolsillos de su sobretodo color avellana, ubicábase en la esquina de Corrientes y Talcahuano o en la de Victoria y Salta, a la espera del cliente que pagara a buen precio una mezcla de cocaína y bicarbonato preparado en combinación con la Nucha.

De los otros dos inquilinos, uno era un viejo canario, pedigüeño y llorón, que cantaba malagueñas al son de su guitarra asmática y pasaba el platillo de la miseria entre las mesas alcoholizadas de los cafetines de la ribera; y el último de la serie, un ex picapleitos doctorado en trapisondas y en el vivir de lo ajeno, ave negra en la mala, dolorido de reuma, cuyo catarro crónico rompía en una tos ronca el silencio de hospital del hospedaje.

Éramos cinco y cada uno de nosotros habitaba un mundo aparte.

Éramos cinco hombres y una única solidaridad de hambre dentro del caserón colonial venido a parador de pobres por argucia del dueño Solano que disimulaba con su profesión de hotelero los deterioros infames de su frustrada honestidad.

En el frente del caserón gris y tétrico, alumbraba la luz desoladora de un cartel:


CAMAS DESDE 1 $


El Ratero y Pelito Verde pagaron la vuelta de vino tinto. Pelito Verde escupió con ruido, desperezose y dijo:

—¿Por qué será que a esta hora siempre me acuerdo de la Chilena? Ya no viene por aquí con su perro atorrante. ¡Pobre animal! Vivía como nosotros, a salto de mata, comiendo sin hora fija y soñando también como nosotros en un mundo maravilloso, con perros atados con longaniza.

—A la Chilena la conocí cuando no levantaba dos pies del suelo —comentó el Ratero—. La seguí después muchacha y supe su rumbo. ¡Qué iba a hacer! Se entregó para pagar el alquiler. Siempre es más triste y más honrado que entregarse por un collar de fantasía.

—Lo que más me molesta es la desconfianza —dijo Indalecio—. La desconfianza es un vicio social arraigado en el género humano. Todo el mundo desconfía, hasta el minúsculo hombre que ocupa en la tierra un lugar inadvertido.

—¿Vos creés en Dios, Rata? –preguntó con tono pueril Pelito Verde.

Al Ratero le sorprendió la pregunta. Caviló un instante y luego, acanallando la sonrisa, respondió:

—No sé si existe o no existe. Pero, creo en Dios. Si no existe, paciencia, no habré perdido nada. Si por casualidad existe, iré con alguna ventaja al otro mundo.



Bayar, el dibujante de café concert, y algunos literatos anónimos y demacrados reuníanse en un rincón del Puchero Misterioso.

Bayar vivía miserablemente de su lápiz, que jamás tuvo un acierto. Los literatos anónimos y demacrados llevaban sendos rollos de papel debajo del brazo y solían canjearse pesadas lecturas de engendros que salían a la luz para sumergirse de inmediato en la oscuridad.

El más interesante de los contertulios era Gozalvo.

Murió en una cama del hospital Maciel, en Montevideo.

Era un hombre de exterior desaliñando, de palabra ceceada, de rostro picado de viruela y un ojo de vidrio que disentía en color del ojo natural, porque Gozalvo adquiría su stock de ojos de vidrio en los remates, sin otorgarle ninguna importancia al color. Así lo miraba a uno con dos miradas. La una azul, animada, clara. La otra quieta, extática, como un paisaje de tarjeta postal, unas veces en tono gris, otras verde, otras castaño oscuro.

Sus amigos habíanse forjado distintas opiniones de él.

Mientras unos afirmaban que llevaba en su alma una borra de espesa amargura como la que queda en el fondo de un vaso de vino de puro campeche, otros lo tildaban de anarquista y los más de reaccionario.

Quizá todos tuvieran razón, pues Gozalvo era un hombre contradictorio. Sentía predilección por Silverio Lanza y esta simpatía emanaba sin duda del odio común a la policía. También despachábase a su gusto contra la democracia. Para definir a Gozalvo habría que aceptar esa frase familiar que con modulación de perdonavidas suele aplicarse a los descarriados:

—Es un buen sujeto, pero… tiene sus cosas.



El sitio de Gozalvo fue ocupado por Bayar en la mesa de los hombres terminados. Bayar, de mentalidad inferior, pretendía ejercer con el pesimismo del hambre, la jefatura de los artistas demacrados.

Una noche, el dueño del Puchero Misterioso lo increpó:

—¿Por qué no trabaja? ¿Es que no hay un oficio mejor para usted que el de hacer garabatos? Aquí se come y se paga o no se come.

Bayar le replicó:

—Soy una bestia cansada. Mi cansancio es hereditario. Descanso por todo lo que sudaron mis infelices ascendientes.

Seguía la perorata en la mesa ante el atento silencio de los hombres terminados:

—Aunque tuviera ganas de trabajar, ¿para qué voy a realizar mi obra? ¿Para distraer a los burgueses? Los artistas somos víctimas de un estado social. Todos nosotros tenemos imaginación; lo que nos falta es dinero. ¿Para qué sirve el talento si no podemos pagar con talento un plato de sopa? Estoy harto del Puchero Misterioso y ando con el estómago estragado por esta comida despreciable. ¡Y somos inteligentes! Mi madre me vio marchar de su lado con pena y una vecina le dijo:

—Es lástima. Ese muchacho no sabe aprovechar su inteligencia.

Tenía mucha razón. Nosotros somos perros. Nuestro ladrido es apenas el llanto del can que se ha quedado fuera y se pega al portal. Las cosas se arreglarían si de perros que somos nos convirtiéramos en lobos.



No tengo un cobre. No tengo a quien pedir un cobre. He agotado todos los recursos. Desde hace ocho día me alimento con café con leche y me voy sin pagar de las lecherías aprovechando el menor descuido del mozo. Tengo en la pituitaria ese olor de la leche recalentada.

He digerido ya mi honestidad. Pienso que después de todo soy un hombre liberado; un hombre que arrojó por la ventanilla de su desván de miseria el lastre inútil de la honestidad.

Al fin de cuentas, ¿qué es un hombre honesto? Un fabricante que explota a cientos de obreros, paga impuestos cuando no puede eludirlos con una coima, cumple con las reglamentaciones legales, engorda, cohabita con libreta de registro civil, educa a sus hijos en la misma escuela, come con voluptuosidad animal, ocupa su butaca en el teatro, se deleita con la música empalagosa, erupta y se duerme pacíficamente, es un hombre honesto.

El empleado que acepta su situación de súbdito, escala puestos, es el perfecto alcahuete del amo, vende a sus compañeros por mucho menos de treinta dineros, obedece al horario, goza su licencia, fabrica hijos y pavonea con la mujer preñada, es un hombre honesto y, además, un hombre que mira por su porvenir.

El funcionario que usufructúa una posición holgada conquistada horizontalmente por su cónyuge; el canalla político que alienta encomiásticas aspiraciones de inmortalidad, son señores honestos.

Estoy harto de la honestidad. Harto de las personas honestas. Asqueado de la mediocridad con dos patas. El abdomen burgués me produce asco. Me indigna la injuria de esa bestia que se nutre junto a la vidriera del restaurant abofeteando a la miseria que pasa. La imparcialidad me revienta e igual me acontece con la vida normal. ¿Qué es la vida normal? Vivir sin una aspiración, vegetar pasivamente. No tener jamás un sueño luminoso ni alumbrar la oscura existencia con un rayo de locura.

¿Para qué quiero cien años de vida normal? La rabia se transforma en lástima y compadezco a esas pobres criaturas normales que quedan bien con todo el mundo. Con la ley y con Dios. Para obtener su asiento en el paraíso les basta con la señal de la cruz a la hora de dormir. Y después de la señal de la cruz bajo las abrigadas cobijas, el compadecer a los desdichados que se mueren de frío en los umbrales inhóspitos.

No tengo un cobre. No tengo honestidad. La he regalado al mundo. Venga en buena hora la locura, la ardiente locura de un sueño que será mi eternidad. Comprendo al individuo estrafalario que vivaba a los faroles encaramado en un poste telegráfico, pues de cada farol un día no lejano será necesario colgar un canalla.

He llegado al hotel. En la puerta recórtanse las figuras de los facinerosos. Al acercarme me observan con minuciosidad de policías y en el instante de trasponer el umbral uno de ellos musita:

—Parece un “chorro”.

Voy subiendo la escalera del hotel y el edificio me pesa sobre el alma. Por primera vez cuento los peldaños. Son sesenta y cada uno se empina en mi orfandad. En el “hall” descubro a un amigo de otros tiempos y siento que me mortificaría si supiera que todas las noches duermo allí, porque me humillaría con sonreír compasivo. Y en el momento en que me decido a explicarle que he perdido el tren –un tren cualquiera que pudiera llevarme a un hogar— el hombre del “hall” descubre mi intención y no me da tiempo a mentir. Con sorna, seguro de que me está haciendo daño deja caer estas palabras:

—Amigo, hoy no hay cama para usted. Ni de un peso, ni de un peso cincuenta.

El hambre es la cruda realidad de la tierra. ¿Siempre el hambre? ¿Siempre el hambre? Sí, señores. Vivimos en perpetua pelea rabiosa despedazándonos entre hermanos por el pan de todos los días. El pan que guarda en su miga el espíritu de Dios está manchado de lágrimas y de sangre.

Digo que todo puede estar bien: el mundo, el alma, el misterio de la otra orilla del cielo y de la tierra. Pero, ¿y cuando un ser humano no tiene qué comer?

¿Y cuando un pobre tipo camina horadando vidrieras o con la vista fija en el pavimento en la búsqueda infructuosa de una moneda?

—Rata: ¿vos conocés el hambre?

—¡Pchs! Le he visto la facha y te la regalo. Cuando uno anda en la mala y le toca ayunar se aprieta el cinturón. Así llega el día en que el cinturón es una simple argollita, un anillo de cuero colocado en la mitad del esqueleto.

—El anillo de compromiso con la muerte.

Indalecio estiró sus piernas debajo de la mesa y Pelito Verde lo amonestó:

—Che, largo, encogé las patas. Para estirarlas tenés tiempo.

Fumaba pensando mi cigarrillo.

—Vamos a ver –dijo Indalecio—; supongamos que usted ha comido como un fraile. ¿Y de ahí? ¿Eso es todo? Usted seguirá siendo un disconforme, un eterno descontento.

—Pero, por lo menos, dejaría solucionado un torturante problema. El hambre es terrible porque no deja lugar a otro sufrimiento. Yo no puedo pensar en mi vida interior porque mi existencia no está asegurada. La preocupación miserable del pan despedaza las inquietudes espirituales. Más me aburre a mí la miseria cotidiana que al hombre satisfecho la lectura monótona de mis hambres.

Pelito Verde, en un bostezo, cerrando sus quijadas de burro viejo, le preguntó al Rata:

—¿Querés decirme quién fue el inventor del hambre? El Rata rascose la sucia pelambrera, se acomodó la descolorida gorra y, al tiempo que probaba su puntería sobre el aserrín de la salivera, respondió:

—El inventor del hambre fue Dios.



  • Enrique González Tuñón nació en Buenos Aires en 1901 y murió en Cosquín, provincia de Córdoba, en 1943. Fue cuentista, periodista y ocasionalmente novelista.

sábado, 5 de septiembre de 2009

"TODO SE IBA..." (Jacques Prévert)

Fotografía: Robert Doisneau





"Había mujeres débiles,
y además mujeres fáciles
y mujeres fatales
que lloraban gritaban sollozaban
delante de hombres de paja
que ardían
Niños extraviados corrían por calles en ruinas
muy pálidos al saber que nunca más volverían a encontrarse
Y jefes de familia
que ya no distinguían el suelo del techo
revoloteaban de un piso al otro
en una lluvia de felpudos de lámparas de cucharillas y de plumones
Todo se iba
La ciudad se desmoronaba
bullía
se desmenuzaba
y giraba sobre sí misma
sin que pareciera moverse
Unos cerdos negros cegados
en la súbita oscuridad
de una pocilga moderna en desuso
galopaban
La ciudad se iba
sudando sangre yagua
envases de gas reventados
Los que sólo soñaron en heridas y golpes
se despertaban
decapitados
habiendo perdido peines y cepillos
y otras cositas mundanas
Una boda muy negra muerta de pie
desde el padrino hasta los novios
conservaban un equilibrio de ceniza petrificada
frente a un fotógrafo
torrado aterrado
Ruinas recientes totalmente nuevas
homenaje de guerra
juegos de rompecabezas
ganancias y pérdidas
leña y carbón
En l0 que quedaba de una casa de obreros
una tortilla abandonada
colgaba como ropa vieja
sobre un ventanal roto
y en las migajas de un viejo lecho calcinado mezcladas con el
serrín gris de un armario volatilizado
la carne humana se incorporaba al asado de carne comestible

En las bambalinas del progreso
hombres íntegros proseguían integralmente la desintegración
progresiva de la materia viva
desamparada".



(De "La pluie et le beau temps", Jacques Prevert)


"EL MAL ESTUDIANTE" (Jacques Prévert)




Dice que no con la cabeza
pero dice que sí con el corazón
dice que sí a lo que le gusta
y dice no al profesor
está de pié
le hacen preguntas
y le plantean todos los problemas
de pronto se echa a reír
y borra todo
cifras y palabras
fechas y nombres
frases y trampas
y a pesar de las amenazas del maestro
entre el tole-tole de los niños prodigio
con tizas de colores
sobre el negro pizarrón de la desgracia
dibuja el rostro de la felicidad.



  • Poesía: Jacques Prévert, "Palabras"

  • Fotografía: Robert Doisneau

"KALI DECAPITADA" (Marguerite Yourcenar)


Kali, la terrible diosa, merodea por las llanuras de la India. Puede vérsela
simultáneamente en el Norte y en el Sur, y al mismo tiempo en los lugares santos y en los
mercados. Las mujeres se estremecen al verla pasar, los hombres jóvenes, dilatando las
ventanas de la nariz, salen a la puerta para verla, y los niños recién nacidos ya saben su
nombre. Kali, la negra, es horrible y bella. Tan delgada es su cintura que los poetas que la
cantan la comparan con la palmera. Tiene los hombros redondos como el salir de la luna de
otoño; unos senos turgentes como capullos a punto de abrirse; sus muslos ondean como la
trompa del elefante recién nacido, y sus pies danzarines son como tiernos brotes. Su boca
es cálida, como la vida; sus ojos profundos, como la muerte. Tan pronto se mira en el
bronce de la noche como en la plata de la aurora o en el cobre del crepúsculo, y se
contempla en el oro del mediodía. Pero sus labios no han sonreído jamás; un collar de
huesecillos rodea su alto cuello y en su rostro, más claro que el resto del cuerpo, sus
grandes ojos son puros y tristes. El rostro de Kali, eternamente mojado por las lágrimas,
está pálido y cubierto de rocío como la faz inquieta de la mañana.
Kali es abyecta. Ha perdido su casta divina a fuerza de entregarse a los parias y a los
condenados, y su rostro, al que besan los leprosos, se halla cubierto de una costra de
astros. Se aprieta contra el pecho sarnoso de los camelleros procedentes del Norte, que
nunca se lavan a causa de los grandes fríos; se acuesta en los lechos infectados de piojos
con los mendigos ciegos; pasa de los brazos de los Brahmanes al abrazo de los miserables
—raza fétida, deshonra de la luz— encargados de bañar los cadáveres; y Kali, tendida en la
sombra piramidal de las hogueras, se abandona sobre las tibias cenizas. Ama asimismo a
los barqueros, que son fuertes y ásperos; acepta hasta a los negros que sirven en los
bazares, a quienes se azota más que a las bestias de carga; frota su cabeza contra sus
hombros, cuajados de rozaduras por el ir y venir de los fardos. Triste como una enferma con
fiebre que no consiguiera encontrar agua fresca, va de pueblo en pueblo, de encrucijada en
encrucijada, a la búsqueda de los mismos monótonos deleites. Sus piececitos bailan
frenéticamente, moviendo las ajorcas, que tintinean, pero sus ojos no cesan de llorar, su
boca amarga nunca besa, sus pestañas no acarician las mejillas de los que la abrazan, y su
rostro permanece eternamente pálido como una luna inmaculada. Hace mucho tiempo, Kali,
nenúfar de la perfección, se sentaba en el trono del cielo de Indra como en el interior de un
zafiro; los diamantes de la mañana brillaban en su mirada y el universo se contraía o se
dilataba según los latidos de su corazón.
Pero Kali, perfecta como una flor, ignoraba su perfección y, pura como el día, no
conocía su pureza.
Los dioses celosos acecharon a Kali una noche de eclipse, en un cono de sombra, en
el rincón de un planeta cómplice. Fue decapitada por el rayo. En vez de sangre, brotó un
chorro de luz de su nuca cortada. Su cadáver, dividido en dos trozos y arrojado al Abismo
por los Genios, rodó hasta llegar al fondo de los Infiernos, por donde se arrastran y sollozan
aquellos que no han visto o han rechazado la luz divina. Sopló un viento frío condensó la
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claridad que se puso a caer del cielo; una capa blanca se acumuló en la cumbre de las
montañas, bajo unos espacios estrellados donde empezaba a hacerse de noche. Los
dioses—monstruos, el dios—ganado, los dioses de múltiples brazos y múltiples piernas,
semejantes a unas ruedas que dan vueltas, huían a través de las tinieblas, cegados por sus
aureolas, y los Inmortales, despavoridos, se arrepintieron de su crimen.
Los dioses contritos bajaron del Techo del Mundo hasta el abismo lleno de humo por
donde se arrastran los que existieron. Franquearon los nueve purgatorios; pasaron por
delante de los calabozos de barro y de hielo en donde los fantasmas, roídos por el
remordimiento, se arrepienten de las faltas que cometieron, y por delante de las prisiones en
llamas donde otros muertos, atormentados por una codicia vana, lloran las faltas que no
cometieron. Los dioses se sorprendían al hallar en los hombres aquella imaginación infinita
del Mal, aquellos recursos y aquellas innumerables angustias del placer y del pecado. Al
fondo del osario, en un pantano, la cabeza de Kali sobrenadaba como un loto, y sus largos y
negros cabellos se extendían a su alrededor como raíces flotantes.
Recogieron piadosamente aquella hermosa cabeza exangüe y se pusieron a buscar
el cuerpo que la había llevado. Un cadáver decapitado yacía en la orilla. Lo cogieron,
colocaron la cabeza de Kali encima de aquellos hombros y reanimaron a la diosa.
Aquel cuerpo pertenecía a una prostituta, ajusticiada por haber tratado de entorpecer
las meditaciones de un Brahman. Sin sangre, aquel cadáver parecía puro. La diosa y la
cortesana tenían ambas, en el muslo izquierdo, el mismo lunar.
Kali no volvió, nenúfar de perfección, a sentarse en el trono del cielo de Indra. El
cuerpo, al que habían unido la cabeza divina, sentía nostalgia de los barrios de mala fama,
de las caricias prohibidas, de los cuartos en donde las prostitutas meditan secretas orgías,
acechan la llegada de los clientes a través de las persianas verdes. Se convirtió en
seductora de niños, incitadora de ancianos, amante despótica de jóvenes, y las mujeres de
la ciudad, abandonadas por sus esposos y considerándose ya viudas, comparaban el
cuerpo de Kali con las llamas de la hoguera. Fue inmunda como una rata de alcantarillas y
odiada como la comadreja de los campos. Robó los corazones como si fueran un pedazo de
entraña expuesto en los escaparates de los casqueros. Las fortunas licuadas se pegaban a
sus manos como panales de miel. Sin descanso, de Benarés a Kapilavistu, de Bangalor a
Srinagar, el cuerpo de Kali arrastraba consigo la cabeza deshonrada de la diosa, y sus ojos
límpidos continuaban llorando.
Una mañana, en Benarés, Kali, borracha, haciendo muecas de cansancio, salió de la
calle de las cortesanas. En el campo, un idiota que babeaba tranquilamente sentado en un
montón de estiércol se levantó al verla pasar y se echó a correr tras ella. Ya sólo le
separaba de la diosa la longitud de su sombra. Kali aminoró el paso y dejó que el hombre se
acercara.
Cuando él la dejó, emprendió de nuevo el camino hacia una ciudad desconocida. Un
niño le pidió limosna; ella no le avisó de que una serpiente dispuesta a morder se erguía
entre dos piedras. Sentía un gran furor contra todo ser viviente y al mismo tiempo un deseo
atroz de aumentar con ello su sustancia, de aniquilar a las criaturas saciándose con ellas.
Se la pudo ver en cuclillas junto a los cementerios; su boca masticaba los huesos como los
dientes de las leonas. Mató como el insecto hembra que devora a sus machos; aplastó a los
hijos que paría como una cerda que se revuelve contra su camada. Y a los que exterminaba,
los remataba después bailando encima de ellos. Sus labios, maculados de sangre,
exhalaban el mismo olor insípido de las carnicerías, pero sus abrazos consolaban a sus
víctimas y el calor de su pecho hacía olvidar todos los males.
En la linde de un bosque, Kali tropezó con el Sabio.
Se hallaba sentado, con las piernas cruzadas, con las palmas unidas, y su cuerpo
descarnado estaba tan seco como la leña preparada para encender la hoguera. Nadie
hubiera podido adivinar si era muy joven o muy viejo; sus ojos, que todo lo percibían,
apenas eran visibles por debajo de sus párpados medio cerrados. La luz se disponía en
torno a él en forma de aureola, y Kali sintió subir de las profundidades de sí misma el
presentimiento del gran descanso definitivo, parada áe los mundos, liberación de los seres,
día de bienaventuranza en que la vida y la muerte serían igualmente inútiles, edad en que
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Todo se resorbe en Nada, como si esa pura nada que acababa de concebir se estremeciera
en ella a la manera de un futuro hijo.
El Maestro de la gran compasión levantó la mano para bendecir a la que pasaba.
—Mi cabeza muy pura fue soldada a la infamia —dijo ella—. Quiero y no quiero; sufro
y, no obstante, gozo; me da horror vivir y miedo morir.
—Todos estamos incompletos —dijo el Sabio—. Todos nos hallamos divididos y
somos fragmentos, sombras, fantasmas sin consistencia. Todos creemos llorar y gozar
desde hace siglos.
—Yo fui diosa en el cielo de Indra —dijo la cortesana.
—Y tampoco estabas libre del encadenamiento de las cosas, y tu cuerpo de diamante
no estaba más resguardado de la desgracia que tu cuerpo de barro y carne. Tal vez, mujer
sin ventura, al errar deshonrada por los caminos te hallas más cerca de acceder a lo que no
tiene forma.
—Estoy cansada —gimió la diosa.
Entonces tocando las trenzas negras y manchadas de ceniza con la punta de los
dedos, dijo el Sabio:
—El deseo te enseñó la inanidad del deseo; el arrepentimiento te enseña la inutilidad
de arrepentirte. Ten paciencia, ¡oh, Error!, del que todos formamos parte... ¡Oh, Imperfecta!,
en quien la perfección toma conciencia de sí misma, ¡oh Furor!, que no eres necesariamente
inmortal...

  • Fotografía: Paolo Roversi