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viernes, 26 de febrero de 2010

"ROLLA" (MUSSET / HENRI GERVEX)


(Rolla - 1868 - Museé des Beaux-Arts - Francia)



"Rolla" es el título de una pintura del artista Henri Gervex, y es el producto del encuentro de la literatura y la pintura. También es el nombre del protagonista de una historia en verso, publicada por el autor francés Alfred de Musset en 1833.

En ese relato el joven está enamorado de Marie, quien tiene una doble llamada Marion, una cortesana frente a la que él termina subyugado.

En el cuadro podemos ver a Marion cansada y dormida, mientras él le dirige una última mirada.

Rolla gastó hasta su última moneda para estar con Marion . Sus amigos lo sabían, así como también sabían que no lo verían más con vida. Él esperó los primeros rayos del sol, se asomó por la ventana y la miró, rendida, cansada y dormida. Rolla termina envenenado en brazos de Marion.


En encuentro sexual fue imaginado así por Musset: "Volvió la mirada hacia Marion; estaba cansada y se había vuelto a dormir con un yacer profundo y sin sueños, exhausta de amar".



El poema de Musset es contundente en su final:

"Y por lo tanto, ambos huyeron de las crueldades de la suerte, la niña en el sueño, y el hombre en la muerte"

El cuadro fue presentado en el año 1868 y obviamente rechazado porser demasiado desvergonzado. El autor contaba tan solo 16 años en el momento de esta creación.





NOTA

No encuentro la obra en sí, aquí podrán leer las obras completas en francés


http://gallica.bnf.fr/ark:/12148/bpt6k2002458.r=rolla+de+alfred+de+musset.langES

jueves, 25 de febrero de 2010

"NADANDO DESNUDOS" (ANNE SEXTON)









Pintura: "Venus Anadiomene"(1838), Théodore Chasseriau


http://www.artcyclopedia.com/artists/chasseriau_theodore.html






Nadando desnudos





En el sudoeste de Capri
encontramos una pequeña gruta desconocida
donde no había nadie y
la penetramos completamente
y dejamos que nuestros cuerpos perdieran toda
su soledad.
Todo lo que hay de pez en nosotros
escapó por un minuto.
A los peces reales no les importó.
No perturbamos su vida personal.
Nos deslizamos tranquilamente sobre ellos
y debajo de ellos, soltando
burbujas de aire, pequeños
globos blancos que ascendían
hasta el sol junto al bote
donde el botero italiano dormía
con el sombrero sobre la cara.
Un agua tan clara que se podía
leer un libro a través de ella.
Un agua tan viva y tan densa que se podía
flotar apoyando el codo en ella.
Me tendí allí como en un diván.
Me tendí allí como si fuera
la Odalisca roja de Matisse.
El agua era mi extraña flor.
Hay que imaginarse una mujer
sin toga ni faja
tendida sobre un sofá profundo
como una tumba.
Las paredes de esa gruta
eran de todos los azules y
dijiste: “¡Mira! Tus ojos
son color mar. ¡Mira! Tus ojos
son color cielo”. Y mis ojos
se cerraron como si sintieran
una súbita vergüenza.





(Anne Sexton)

miércoles, 24 de febrero de 2010

"BUSCAMOS" (IDEA VILLARIÑO)


Fotografìa: Ignacio Valdéz (México)

http://www.ignaciovaldez.com.mx/



Buscamos...




Buscamos
cada noche
con esfuerzo
entre tierras pesadas y asfixiantes
ese liviano pájaro de luz
que arde y se nos escapa
en un gemido.




Idea Vilariño

ANNE SEXTON: "The Ballad Of The Lonely Masturbator"







Photography: Andrés Martínez "Consomi" (Chile)

Modelo: Luna

http://consomi.vtrbandaancha.net/






"The Ballad Of The Lonely Masturbator"
(Anne Sexton)


The end of the affair is always death.
She’s my workshop. Slippery eye,
out of the tribe of myself my breath
finds you gone. I horrify
those who stand by. I am fed.
At night, alone, I marry the bed.


Finger to finger, now she’s mine.
She’s not too far. She’s my encounter.
I beat her like a bell. I recline
in the bower where you used to mount her.
You borrowed me on the flowered spread.
At night, alone, I marry the bed.


Take for instance this night, my love,
that every single couple puts together
with a joint overturning, beneath, above,
the abundant two on sponge and feather,
kneeling and pushing, head to head.
At night alone, I marry the bed.


I break out of my body this way,
an annoying miracle. Could I
put the dream market on display?
I am spread out. I crucify.
My little plum is what you said.
At night, alone, I marry the bed.


Then my black-eyed rival came.
The lady of water, rising on the beach,
a piano at her fingertips, shame
on her lips and a flute’s speech.
And I was the knock-kneed broom instead.
At night, alone, I marry the bed.


She took you the way a woman takes
a bargain dress off the rack
and I broke the way a stone breaks.
I give back your books and fishing tack.
Today’s paper says that you are wed.
At night, alone, I marry the bed.


The boys and girls are one tonight.
They unbutton blouses. They unzip flies.
They take off shoes. They turn off the light.
The glimmering creatures are full of lies.
They are eating each other. They are overfed.
At night, alone, I marry the bed.







- TRADUCCIÓN -




La Balada de la Masturbadora Solitaria (Anne Sexton)



" Al final del asunto siempre es la muerte.
Ella es mi taller. Ojo resbaladizo,
fuera de la tribu de mí misma mi aliento
te echa en falta. Espanto
a los que están presentes. Estoy saciada.
De noche, sola, me caso con la cama.
Dedo a dedo, ahora es mía.
No está tan lejos. Es mi encuentro.
La taño como a una campana. Me detengo
en la glorieta donde solías montarla.
Me hiciste tuya sobre el edredón floreado.
De noche, sola, me caso con la cama.

Toma, por ejemplo, esta noche, amor mío,
en la que cada pareja mezcla
con un revolcón conjunto, debajo, arriba,
el abundante par espuma y pluma,
hincándose y empujando, cabeza contra cabeza.
De noche, sola, me caso con la cama.

De esta forma escapo de mi cuerpo,
un milagro molesto, ¿Podría poner
en exibición el mercado de los sueños?
Me despliego. Crucifico.
Mi pequeña ciruela, la llamabas.
De noche, sola, me caso con la cama.

Entonces llegó mi rival de ojos oscuros.
La dama acuática, irguiéndos en la playa,
en la yema de los dedos un piano, vergüenza
en los labios y una voz de flauta.
Entretanto, yo pasé a ser la escoba usada.
De noche, sola, me caso con la cama.

Ella te agarró como una mujer agarra
un vestido de saldo de un estante
y yo me rompí como se rompen las piedras.
Te devuelvo tus libros y tu caña de pescar.
El periódico de hoy dice que os habéis casado.
De noche, sola, me caso con la cama.

Muchachos y muchachas son uno esta noche.
Se desabotonan blusas. Se bajan cremalleras.
Se quitan zapatos. Apagan la luz.
Las criaturas destellantes están llenas de mentiras.
Se comen mutuamente. Están más que saciadas.
De noche, sola, me caso con la cama".







SOBRE LA POETA: Anne Sexton (Anne Gray Harvey) Nació en Norton, Massachusetts, el 9 de noviembre de 1928.



Pasó la mayor parte de su vida en los alrededores de Boston. Vivió en San Francisco y Baltimore.En 1945, estudió en un colegio-pensión, la Rogers Hall School, en Lowell, Massachusetts. Se casó en 1948 con Alfred Muller Sexton II, conocido por el pseudónimo «Kayo». Vivieron juntos hasta su divorcio en los años 1970 y tuvieron dos hijas, Linda Gray Sexton (1953), que más tarde se haría novelista, y Joyce Sexton (1955). En 1954 se le diagnosticó depresión postparto, sufrió su primer colapso nervioso, y fue admitida en el hospital Westwood Lodge. En 1955, después del nacimiento de su segunda hija, Sexton sufrió otra crisis y fue hospitalizada de nuevo; sus hijas fueron enviadas a vivir con sus abuelos paternos. Ese mismo año, en su cumpleaños intentó suicidarse.

Su médico, el doctor Martin Orne, la alentó a escribir poesía y en 1957 se unió a un taller de poesía animada por John Holmes. Poco después sus poemas conocieron cierto reconocimiento, sobre todo con sus publicaciones en varias revistas de prestigio estadounidenses como el New Yorker, Harper's Magazine o Saturday Review. Su mentor, W.D. Snodgrass, intentó desarrollar su creatividad. Su poema Heart's Needle la inspiró para escribir The Double Image, poema sobre las relaciones entre madre e hija.

En el atelier de John Holmes, conoció a la poeta Maxine Kumin, de quien no se separó hasta el final de su vida y con quien escribió 4 libros infantiles. En otro taller conoció a Sylvia Plath, animada por Robert Lowell. Y más tarde dirigirá sus propios talleres en el Boston College, el Oberlin College y la Colgate University.

Sexton ofrece al lector una visión íntima de la angustia emocional que caracterizó su vida. Anne convirtió la experiencia de ser mujer en el tema central en su poesía, es la figura moderna del poeta confesionalista, a pesar de que soportó críticas por tratar asuntos tales como la menstruación, el aborto y la drogadicción.

Se suicidó en Boston el 4 de octubre de 1974 inhalando monóxido de carbono. Su cuerpo se halla en el cementerio-crematorio de Forest Hills, a las afueras de Boston.

Peter Gabriel le escribió en 1986 una canción. Mercy Street.


Video: http://www.youtube.com/watch?v=NX7zIypE2FE

JIM MORRISON, POEMAS


Esta es una selección de poemas leídos personalmente y grabados en su momento, textos y apuntes escritos en libretas y cuadernos, hojas sueltas y diarios dispersos editados luego de su muerte.





James Douglas Morrison (Florida, 1943- París, 1971). Tras su frustrante paso por la escuela de cine de Los Angeles, se dedicó a su verdadera vocación artística: la poesía. En vida publicó: The Lords (1969), The New Creatures (1969) y An American Prayer (1970). Como cantante de The Doors se convirtió en un símbolo de rebeldía juvenil. Incomprendido su mensaje abandonó la música para dedicarse a escribir en París.
El 3 de julio de 1971 fue encontrado muerto en la bañera de su departamento.
Póstumamente aparecieron dos compilaciones de su obra.
Esta es una selección de poemas leídos personalmente y grabados en su momento, textos y apuntes escritos en libretas y cuadernos, hojas sueltas y diarios dispersos editados luego de su muerte.








Jim Morrison:Poemas








Si el escritor puede escribir y
el agricultor puede sembrar
Entonces todos los milagros confluyen,
aparecen y comienzan a suceder...
Si los niños comen, si su
momento de llorar es la medianoche.

La tierra los necesita:
Suaves perros en la nieve
Anidados en primavera
Cuando el sol hace el vino
y la sangre danza peligrosamente
en las venas o las viñas.



Francia está 1º, Nogales circunscrito
cruza la frontera...
tierra de eterna adolescencia
cualidad de desesperación sin igual
en cualquier lugar del perímetro.
Mensaje de los suburbios
que nos convoca a casa.
Este es el espacio privado de un
nuevo orden. Necesitamos salvadores.
Para ayudarnos a sobrevivir el viaje.
Ahora, ¿quién vendrá?
Ahora escuchá esto:
Hemos comenzado la travesía
¿Quién sabe?, puede terminar mal.

Los actores están congregados;
inmediatamente se quedan
fascinados
Yo, por mi vez, caigo en un éxtasis
que me domina.
¿Puedo convencerte de que sonriás?

No hay hombres sabios ahora.
Que cada uno se arregle solo:
agarre a su hija y corra.



Todo lo humano
está abandonando
su rostro

Pronto ella desaparecerá
dentro de la calma
vegetal
del pantano

¡Quedate!

¡Mi Amor Salvaje!



Drogas sexo embriaguez batalla
retorno al mundo acuático
Vientre del mar
Madre del hombre
Monstruoso sonámbulo apacible bullente
mundo atómico
Anomia en la vida social.

Cómo podemos odiar o amar o juzgar
en el mundo marino bullente de átomos
Todo uno, uno Todo
Cómo podemos jugar o no jugar
Cómo podemos poner un pie ante nosotros
o revolucionar o escribir.



Fría música eléctrica
Lastimame
Lacerá mi mente
c/tu oscuro sueño.

Frío templo de acero
Frías mentes vivas
en la costa estrangulada.

Veteranos de guerras extranjeras
Somos los soldados de
las Guerras del Rock and Roll.



PODER

Puedo hacer que la tierra se detenga en
su curso, hice las
cosas más remotas, puedo cambiar
el curso de la naturaleza.
Puedo ubicarme en cualquier lugar del
espacio o el tiempo.
Puedo convocar a los muertos.
Puedo percibir sucesos de otros mundos,
en lo más profundo oculto de mi mente,
y en la mente de los demás.

Yo puedo.

Yo soy.



La gran carretera
está
llena
d/
amantes
y
exploradores
y
renunciantes
tan
ansiosos
de
complacer
y
olvidar.

Desolación.



Un ángel corre
A través de la luz repentina
A través de la habitación
Un fantasma nos precede
Una sombra nos sigue
Y cada vez que nos detenemos
Caemos.



Estoy turbado
Inconmensurablemente
Por tus ojos.

Estoy golpeado
Por la pluma
De tu suave
Réplica

El sonido del vidrio
Dice rápido
Desdén

Y oculta
Lo que tus ojos luchan
Por explicar.



EL MIEDO

Eterna conciencia
en el Vacío
(hace que juicio y cárcel parezcan casi amigables)
un Beso en la Tormenta
(Loco al volante
pistola al cuello
espacio poblado y arqueándose fríamente)

Un granero
un desván de choza

Tu propia cara
inmóvil
en la ventana espejada

miedo al trágico
neón frío
de las salas de estar

Estoy congelando
animales
hasta la muerte

blancos flancos de
conejos

gris terciopelo de ciervo

El Cañón

el auto, un artificio
en el despreciable
ESPACIO

Movimientos repentinos

y tu pasado
para calentarte
en noches
Sin Espíritu

La Solitaria KRTRA
Frío viajero a dedo

Con miedo de los Lobos
y de su propia
Sombra.



LAMENTO POR LA MUERTE DE MI PIJA

Lamento por mi pija
dolida y crucificada
Intenté conocerte
adquiriendo sabiduría espiritual
vos podés abrir las paredes de
misterio del
desnudismo

Cómo conseguir la muerte
en el espectáculo
de la mañana


Muerte en la tele
que el niño
absorbe

manantial de muerte
misterio
que me hace
escribir

Lento tren
La muerte de mi pija
da vida

Guitarrista
Antiguo sabio sátiro
Cantá tu oda
a mi pija
acariciá su lamento
endurecenos y guianos

Células perdidas
El conocimiento del cáncer
Hablarle al corazón
y dar el gran regalo

palabras

poder

trance

Este amigo firme
y las bestias de su zoológico
chicas salvajes, velludas
cada color se conecta
para crear el bote
que mece a la raza

podría cualquier infierno ser más
horrible que ahora
y real

"Apreté su muslo
y la muerte sonrió"

muerte, vieja amiga
la muerte y mi pija
son el mundo

Puedo perdonar
mis lastimaduras
en nombre de

la sabiduría

la lujuria

el romance

Frase sobre frase
Las palabras están curando

Las palabras me provocaron la herida
y me sanarán

Si lo creés

Todos se unen ahora en un lamento
por la muerte de mi pija
una lengua de conocimiento
en la noche emplumada.

los chicos están locos de la cabeza
y sufren
sacrifico mi pija
en el altar
del silencio



Discípulo
Cicatriz
muerte
Magia
Prisió n
Jardín
Refugio
Princesa
de la Pena
Ángel de la Desolación
danzantes alas
de la envidia
Llamame
Mañana
Huesos
Aterrizaje
Oro
Llegada



Aeropuerto.
Mensajero bajo la forma de un soldado.
Lana verde. Él se paró ahí,
afuera del avión.
Una nueva verdad, demasiado horrible para soportar.
No había registro de ello
en ninguno de los antiguos signos
o símbolos.
La gente se miraba entre sí,
en el espejo, los ojos
de sus niños.
¿Por qué había venido?
No había escapatoria de
ello en ningún lugar.
Una verdad demasiado horrible para nombrar.
Sólo un vomitivo quejido indefinido
podría enmarcar sus oscuros interiores.
Sólo unos pocos podrían mirar
su cara c/calma.
La mayoría de la gente cayó instantáneamente
bajo su amistoso terror insulso.
Miraron a los calmos
pero sólo vieron un verde
abrigo militar.
¡Arrepiéntanse!
Ninguna de las viejas Cosas funcionó.




LOS CONECTORES

-¿Qué es una conexión?

-Cuando dos movimientos, considerados
infinitos y mutuamente
excluyentes, se encuentran en un
momento.

-¿De tiempo?

-Sí.
-El tiempo no existe.
No hay tiempo.

-El tiempo es una plantación en línea recta.



Por aquella gente que murió
por el Nirvana
por la creencia celestial
por vos, por mí

Estas líneas están escritas
para comunicar el mensaje
Para ignorar la advertencia
Para ir de farra en farra, entre
las voces del tormento
Para visitar los mares subterráneos
Creé
Cosas más horribles
que la guerra
Cosas fuera de los cuentos
Grandes bestias
Sufriendo de extinción.



Historia del Rock
coincidente c/mi
adolescencia

Llegué a Los Angeles a la
Escuela de Cine

Verano en Venice

Visiones de la Droga

Canciones de la Terraza

tempranas luchas y
humillaciones

Gracias a las chicas
que me alimentaron.




Haciendo discos

Elvis tenía una madura voz
sabia en sexo a los 19.

La mía guarda el
gemido nasal
leves chillidos y el frenesí
de un adolescente reprimido
Un cantante interesante
a lo sumo: un grito
o un canturreo enfermo. Nada
entremedio.




Un líder natural, un poeta,
un Chamán, c/el
alma de un payaso.

¿Qué estoy haciendo
en la arena
de la Plaza de Toros?
Todas las figuras públicas
son candidatas a Líder

Espectadores en la Tumba
-observadores de revueltas

Miedo a los Ojos
Asesinato

Estar borracho es un buen disfraz.

Bebo para así poder hablar con los pelotudos.
Yo incluido.




Un sapo en el camino
niños en iglesia
tambores
Sol-Sol
yaciendo como la muerte
en el asiento trasero
Renacimiento.

Un prostíbulo
De Lord John y Lady Anne.
Sangre roja Sangre azul.
El pecho de la Reina.
¿Es la princesa?

Sangre dorada, como yo, dijo él,
volviendo a doblar el billete cuidadosamente,
la oreja de la Reina: una verga
desnuda embutida en su culo.

Ja Ja Ja Ja.

No sos más inocente
que un buitre engreído.

Un cañón.

Los esclavos Negros y los Ingleses
mataron a los Indios, y se mezclaron
c/los Españoles, que no tardaron en ser
pateados.

Sí, grandes batallas

Bum Bum.




La hora del lobo
ha terminado ya. Los gallos
cantan. El mundo es creado
de nuevo, luchando entre
tinieblas.

El niño se rinde a la pesa-
Dilla, mientras el adulto
Teme a su temor.

Debo dejar esta isla,
Luchando por nacer
de la oscuridad.

Tenele miedo a la buena profunda y oscura
Noche Americana.
Bendita sea la Noche.

La inundación ha disminuido
El pánico de la película y el
paseo con chofer
Por los suburbios.

Gente sacada con extraños atuendos
al borde de la carretera.

Algunos de los hombres llevan
Túnicas o faldas cortas.
Las mujeres en sus porches
adoptan una clásica
pose de burla.

El conductor orienta el auto
y éste se conduce solo. Túneles
taconean sobre las cabezas.

Amá la profunda penumbra verde
de la Noche Americana.



ESE AÑO...

Ese año tuvimos una gran visita de energía.

En esos días todo
era más simple y más confuso.
Una noche de verano, yendo
Al muelle, me encontré con
2 chicas jóvenes. La
rubia se llamaba Libertad,
la morocha, Empresa.
Conversamos, y ellas
me contaron esta historia.




UN VELORIO

Un velorio
Sacudí sueños de tu cabello
Mi niña hermosa, mi dulce
Elegí el día, y el signo
de tu día,
lo 1º que veás.

Un árbol quemado, como un gigantesco
pájaro primitivo, una hoja,
seca y amarga, crepitantes historias
en sus ondas cálidas.
Los dioses de la vereda serán suficientes para vos.
La selva del barrio,
El vacío museo perdido, y
La mesa, y el Monte preñado
con su Monumento, encima del kiosco de revistas
donde se esconden los niños
Cuando termina la escuela.




Y EL FRESCO AGITADO...

Y el fresco agitado viento podrido
y la huella de la mano de un niño sobre
el ventanal
y la escopeta amartillada apoyada
sobre el hombro
y fuego en la noche
esperando, en una casa a oscuras,
que llegue de la ciudad
la insana raza cruel
y que venga asomándose entre el humo
y el combustible y cenizas por la leche
y la mirada maligna de soslayo en sus caras
ladrando c/triunfo
¿Quién los detendrá?
El árbol hueco, donde
los tres dormimos y soñamos
con el movimiento de
sombras y hierbas gigantes
Cansado susurro de hojas
Un viejo incita a los bailarines
c/la denigración
de su viejo baile
veloces sombras se inclinan sobre la
carne de las selvas
para permitir respirar.




Pausadamente se agitan
Pausadamente se levantan
Los muertos son recién nacidos
que despiertan
c/miembros destrozados
y húmedas almas
Suavemente suspiran
en extasiado asombro fúnebre
¿Quién convocó a estos muertos a bailar?
¿Fue la mujer joven
aprendiendo a tocar la "Canción del
Fantasma" en su pequeño piano de cola?
¿Fueron los hijos de la desolación?
¿Fue el propio Dios-Espíritu,
tartamudeando, gritando,
chusmeando ofuscadamente?
- Yo los llamé para
ungir la tierra.
Los llamé para anunciar
la tristeza que cae como
piel quemada
Los llamé para desearles
que les vaya bien, para que se deleiten en
ustedes mismos como un nuevo monstruo,
y ahora reclamo
que se pongan a rezar.



SUITE DEL DISTRITO DE ORANGE

Una vez conocí a alguien que era hermosa
Llevaba cintas de color naranja en el pelo
Era tan deschavada
Pocas veces estaba presente
Pero la amé
Lo mismo

Había lluvia en nuestra ventana,
la FM estaba destartalada
Pero ella sabía hablar, sí,
Aprendimos a hablar

Y un año
ha pasado

Un camino tan tan largo para buscarlo
Lo único que hicimos fue romperlo y arruinarlo
Teníamos todo
Lo que los amantes siempre han tenido
Lo echamos a perder
Y no estoy triste

Bueno, estoy enojado

Y soy malo

Y dos años
han pasado

Su mundo era de un color naranja brillante
Y el fuego brillaba
Y su amiga tuvo un bebé
Y vivía con nosotros
Sí, rompimos la ventana
Sí, llamamos a la puerta
Su teléfono no contestaba
Sí, pero ella estaba todavía en casa

Ahora su padre ha muerto
Y su hermana es una estrella
Y su madre fuma diamantes
Y duerme afuera en el auto

Sí, pero ella recuerda Chicago
Los músicos y las guitarras
Y la hierba junto al lago
Y la gente que se reía
Y hacía sufrir su pobre corazón

Ahora vivimos en el valle
Trabajamos en la granja
Subimos a las montañas
Y todo está bien

Y yo aún estoy aquí
Y vos aún estás allá
Y aún rondamos por ahí




LA ANATOMIA DEL ROCK

El 1er furor eléctrico se apoderó
de la gente
un dulce viernes.
Había sudor en el aire.
El canal emitió,
símbolo de poder.
El incienso reposaba misteriosamente.
¿Quién iba a decir entonces que esto
acabaría aquí?

Un colectivo escolar chocó con un tren.
Fue en la encrucijada.
Mercurio se torció.
No podía salir de mi asiento.
La ruta estaba plagada
d/acróbatas moribundos.
Auxilio,
vamos a llegar tarde a clase.

La secreta agitación del rumor
cruzó el patio y
nos enganchó inconscientemente
Monte fiebre.
Una chica se desnudó sobre la
base del asta de la bandera.
En las salas de descanso todo estaba tranquilo
y en silencio
con la sal verde de las letrinas.
Necesitábamos frazadas.

Revoloteaban sogas.
Sonrisas nos adulaban
y perseguían.

Se pidió abrir los armarios
y los secretos fueron revelados.

Ah dulce música.

Sonidos salvajes en la noche
angelicales voces de sirena.
El aullido de grandes sabuesos.
Autos que se desgañitan en cambios de marcha
y chillidos
en la ruta salvaje
Donde los neumáticos patinan y resbalan
en peligrosas curvas.

Rincones favoritos.
Porristas violadas en edificios
veraniegos.
Tomados de la mano
y bailando hacia el domingo.
Aquellas escasas dulces y desesperadas horas.

El tiempo buscó una mente
por los pasillos
Las manos seguían el ritmo.
El clima se alteró como una
danza visible.

Mujeres de la noche.
Maravillosos sacramentos de la duda
Saltaron amenazadores en explosiones
de miedo y culpa
en la cueva del útero
bajo
El cinturón de la bestia



LA ENCRUCIJADA

Al encontrarte junto al portón de tus padres
te vamos a decir qué hacer
Qué tenés que hacer
para sobrevivir

Abandoná las podridas ciudades
de tu padre
Abandoná los pozos envenenados
y las calles ensangrentadas
Entrá ahora al dulce bosque




CAMINÉ A TRAVÉS...

Caminé a través de la sala de estar de la pantera
Y nuestro verano juntos terminó
demasiado pronto
Más fuerte que lejano
Estrangulado por la noche
Descansá en mi estallido de sol
Relajate en su secreta desolación
Éste es el mar de duda
que se cuela a través de las arpas
sin marchitar
y sin encordar
Es el hermano, no el pasado,
quien convierte la luz del sol en vidrio
es el valle
soy yo

Testimonio de
un extraño testigo



Amá los rincones asustados,
Conmovete con la parra silvestre.

Tanto de ello bueno
y en tanta cantidad.
-----------------
Las botas del comandante están donde
las dejó.

Pseudo-plantación.

Impresos de época: combate
de boxeo en blanco y negro.

Un Baile de Negros
----------------
El director de la escuela se agarra la nariz.
"Hay una vaca muerta ahí dentro. Me pregunto
por qué no han mandado a nadie para
llevársela."

Un buitre pasa flotando,
y otro. La blanca punta
de su pico rojo como garras
se ve blanca, como carne.
Veloces tristes y lánguidas
sombras.

El gato bebe con lamidas
gatunas de una asquerosa
piscina de color turquesa.

(Dementes cópulas afuera en la noche.)




Norteamérica, estoy enganchado a tu
frío y blanco pecho de neón, y chupo
como una serpiente a lo largo del amanecer,
estoy impulsado a volver a casa
tu hijo exiliado
en la tierra del Despertar
¿Qué sueños te poseyeron
para unirte en la mañana?

“He estado aturdido.”

Un punto, un escollo, tras
la puerta del cuarto de los niños,
separado del dormitorio principal:
“Son del comandante.”

La cama reluce como una blanca
barcaza fúnebre de mariposas
en un extremo de la habitación,
adornada c/redes y velas.

“Somos forajidos.”

“¿Qué iglesia es ésa?”
“La iglesia de Dios.”
blanco pañuelo, blanca pandereta

-Caminando sobre el Agua-

“Al estilo tradicional, les
vamos a dar un buen golpe político
en el trasero” (risas)

“Victimización.”



LA FLORACIÓN

La floración
de personas como dioses
en el callado aire
parecería
extraña
a un intruso
de cierto tamaño

pero esto es todo lo que nos quedó
para guiarnos
Ahora que Él se ha ido




LA PUTA SALVAJE SE RÍE

La puta salvaje se ríe
como una antigua solterona
Vieja, te vemos, volvé
a la mente
Yazgo como afiebrado
bailando tu silencio núbil
deseando ser poseído
historias no contadas
que los indios se atrevan a alzarse
Pisoteados, como pieles rojas
sagrado prepucio
El cáncer comenzó c/el cruel golpe
del cuchillo y la vara
dañada se ha erguido de nuevo
en el Este
como una estrella
incendiada



LA APERTURA DEL BAÚL

-Momento de libertad interior
cuando la mente se abre y
el infinito universo se revela
y el alma es libre de vagar
buscando asombrada y confundida
aquí y allá maestros y amigos.




Momento de Libertad
cuando el prisionero
parpadea al sol
como un topo
desde su hoyo

el primer viaje de un niño
fuera de su casa

Ese momento de Libertad.



¿Qué estás haciendo aquí?
¿Qué querés?
¿Es música?
Podemos tocar música.
Pero vos querés más.
Querés algo y alguien nuevos.
¿Tengo razón?
Claro que sí.
Sé lo que querés.
Vos querés éxtasis.
Deseo y sueños.
Las cosas son exactamente lo que parecen.
Te llevo para esta lado, él tira para el otro.
No estoy cantando para una chica imaginaria.
Te estoy hablando a vos, mi propio yo.
Recreemos el mundo.
El palacio de la concepción está en llamas.

Mirá. Fijate cómo se quema.
Se asolea con los carbones calientes.

Sos demasiado joven para ser vieja.
No necesitás que te lo digan.
Querés ver las cosas como son.
Sabés exactamente lo que hago.
Todo.



ESTAR SOLO

Estar solo
y observar el amanecer
Podría originar
una canción tonta
Sobre una chica
que conocí

Era la estrella
del show de mala muerte

Ella no era yo
Ella no era vos
Creeme
Sabía qué hacer

y decirle a un hombre que
estaba en las últimas:
“Eh, Hombre lindo
y elegante, va a haber un cambio
en el clima”

Entonces, ¿qué se supone
que debo hacer?
Simplemente sentarme solo
y masticar mi zapato
Necesitaba un amor
No más que ella
y sin embargo no menos
y sin remordimientos




Si me podés saciar
al teléfono
seré un villano más sabio
pero más triste

Sólo voy a esto
Sobre todo eso
Fui el ratón
que atrapó al gato

No trato
De darte ningún punto
de vista

Sólo quiero decirte:
estoy solo



EL TIEMPO TRABAJA COMO EL ÁCIDO

El tiempo trabaja como el ácido
Ojos manchados
Ves volar el tiempo

El rostro cambia a medida que el corazón late
y respira

No somos constantes
Somos una flecha en vuelo
La suma de los ángulos de variación

El rostro de ella cambió en el auto
ojos y piel y cabello están
iguales. Pero un centenar de chica
similares sustituyó la una a la otra.



NOS DESPERTAMOS, CHARLANDO

Nos despertamos, charlando. Contando sueños
una explosión durante la noche.

Una nueva sirena. No de la policía, fuego,
ambulancia de Nueva York o película
europea de noticias sobre motines, sino la extraña
sirena que predice la guerra. Ella corrió
hacia la ventana. La cosa amarilla
se había levantado.




CEMENTERIO DE AUTOS

Cementerio de autos
Los autos abandonados
El color de la pintura, nueva en la noche
bajo el neón
Los muertos residen en autos
-el viejo, mugriento,
guardián del cementerio
Niños, curiosos, tiran piedras



HAY ALGUIEN A LA PUERTA

Hay alguien a la puerta.
Un violador entra de golpe.
Sin dolor. Sin muerte.

Somos nosotros, una y otra vez
Estamos entrando.
Está bien, registren el lugar.
No encontrarán nada.

Viendo todas las perspectivas al mismo tiempo

Cuando todo se congela
y como que se volviera
sobre sí mismo.



LOS BLUES

Oh, ¿cómo fue posible que me hicieras esto a mí?
Testigo del gran bailarín
Dios, sos un sátiro disfrazado
Así cruel e inútilmente
Torcés mi vida
Voy a descansar aquí, robado, en el frío viento,
en el camino, hasta que la paz me cubra
de hielo,

y me santifique.
Grosero fantasma bastardo.
¡Ah!, ¿quién viene ahora?



SI NO ES PROBLEMA...

Si no es problema, ¿por qué nombrarlo?
Todo lo dicho significa eso:
es su opuesto y todo lo demás.
Estoy vivo, estoy muriendo.



EL FINAL DEL ARCO IRIS

El final del arco iris

puso todas mis desaforadas fantasías
dentro de una gigantesca
Caja-trampa

imagen de la propagación-de-la-autoimagen
imagen de exaltación

Ungulación
límite del 1er árbol

imagen de Utopía
un matadero de fantasmas

inocente-culpable

El Mundo Humano
limitado por palabras
y polvo

dulce y suave y aterciopelado
polvo

confianza intermedia


CIELO O INFIERNO...

Cielo o infierno, el circo
de tus acciones

Jugar
(el azar es aquí Dios)
en Carnaval

mitiga la culpa
El miedo profundo

La separada soledad

ábrete Sinagoga
ábrete sésamo

La Fiesta de nuevas conexiones
mente liberada
El amor no puede salvarte
de tu propio destino

El arte no puede consolar
Las palabras no pueden domesticar
La Noche



REFREGÁ LA MENTE

Refregá la mente c/cepillos
de diamante. Purificala hasta que sea Mandalas
La memoria nos conserva malvados y templados
El templo del Tiempo. ¿Quién irá 1º?
Encapotadas figuras amontonadas por muros.
Una cabeza se mueve como las agujas del reloj lentamente.
Ya llego. Espérenme.



PENSÁS QUE NO SÉ...

¡Pensás que no sé eso!

Tu poesía es tan obsesiva
Me gustan mis impasibles alienados

El Hotel abandonado
Suciedad de flores en sus paredes
El laberinto de entrañas
se mueve lentamente con horrendo derroche
Niños juegan aquí, esperan
y nos influencian aquí, cansadores para su
desfalleciente verano abovedado
y lánguidos junto a la proa
Se siente Esther, arreglada
como una reina, puerto en
la tormenta, tocando campanas de incendio
en sus cajones, escribiendo con tiza
la negra calle c/bestiales mentiras



HURACÁN Y ECLIPSE

Deseo que una tormenta
venga y vuele esta mierda
lejos. O que una bomba
queme la ciudad y depure
el mar. Deseo que la limpia
muerte me llegue.



EL FIN DEL SUEÑO

El fin del sueño
será cuando
importe

todas las cosas mienten
Buda me perdonará
Buda lo hará



GRACIAS, SEÑOR

Gracias, Señor
Por la luz blanca y ciega
Una ciudad surge del mar
Yo tenía un lacerante dolor de cabeza
del cual está hecho el futuro



En aquel año
Tuvimos una intensa visitación
de energía

SEÑALES

Cuando la oscura noche de la radio existía
y asumía el control, y nos mecíamos en su telaraña
consumidos por la estática, y acariciados c/miedo
fuimos descendidos interminablemente desde
un profundo sueño y despertados
al fin del día por guardianes preocupados
y conducidos a través del la selva bañada
en rocío hacia la rápida cima, con vista
al mar...



Una vasta playa radiante y una fresca
luna enjoyada. Parejas desnudas
corren por su tranquila orilla y
nos reímos como tontos niños locos,
presumidos en los cerebros de algodón
de la infancia.

La música y las voces nos rodean.

Elegí. Ellos canturrean
Las que son antiguas
De nuevo ha llegado la hora
Elegí ahora. Ellos canturrean
Bajo la luna
Junto a un antiguo lago.

Entrá de nuevo en el dulce bosque
Entrá en el sueño caliente, vení c/nosotros
Todo está roto
y baila.



(Monte Violín
de Música)

Noche de claro de luna
“Monte Pueblo”
Demente en el bosque
entre los profundos árboles

Bajo la luna
Bajo las estrella
Se tambalean y bailan
Los jóvenes

Conducidos hasta el Lago
por un Rey y una Reina

Oh, quiero estar allá
Quiero que estemos allá
Junto al lago
Bajo la luna
Fresca e hinchada
chorreando su licor
caliente.



Helado momento junto a un lago
Un Cuchillo ha sido robado
La muerte de la serpiente

Conozco el mar imposible
cuando los perros ladran

Soy un pájaro de la muerte
desobediente pájaro nocturno



Ave de rapiña, Ave de rapiña
volando alto, volando alto
En el cielo de verano

Ave de rapiña, Ave de rapiña
volando alto, volando alto
Suavemente pasa de largo

Ave de rapiña, Ave de rapiña
volando alto, volando alto
¿Voy a morir?

Ave de rapiña, Ave de rapiña
volando alto, volando alto
Llevame en tu vuelo

Indios esparcidos por la Carretera
del amanecer que sangra
Espíritus que atestan la frágil mente
de cáscara de huevo del niño

Bajolacascada, Bajolacascada
Las chicas vuelven de los bailes de verano
Robemos el ojo que a todos nos ve



¿Por qué mi mente da vueltas a tu alrededor?
¿Por qué los planetas se preguntan
cómo sería ser vos?

Todas tus tontas feroces promesas fueron palabras
Pájaros, en vuelo interminable

Tu perro aún está perdido en los bosques helados
o correría hacia vos
¿Cómo va a correr hacia vos
embistiendo c/enfermedad pura sangre en la nieve?
Todavía está olfateando puertas y persiguiendo
A desconocidos en busca de tu olor
que recuerda muy bien

¿Hay una luna en tu ventana?
¿Se ríe la locura?
¿Podés todavía correr por el
lecho de rocas de la playa s/él?

Fotografía de Invierno
nuestro amor está en peligro
Fotografía de Invierno
nuestro amor está en peligro
En vela toda la noche, hablando fumando
Contá los muertos y esperá la mañana
(¿Volverán los cálidos nombres y rostros?
¿Tiene fin el bosque de plata?)



Y si toda la gente
pudiera exigir una inspección
de tal arrepentimiento

Bueno, no tendríamos ninguna clemencia
desmemoria crédula
remordimiento

Así que te digo
te digo
te digo
Debemos desechar

Debemos tratar de encontrar una nueva
respuesta en vez de
un camino




Vivemos todos a la Noche Americana

Entonces te digo
El pañuelo de seda estaba
bordado en China o Japón
tras la cortina de Hierro. Y
nadie puede cruzar la frontera
s/ las debidas credenciales.
Es decir que todos somos
sensibles y ocasionalmente tristes
y si cada cómplice del delito
tuviera que incorporar promesas
a su programa de baile
podría acabar y todos nuestros amigos
caerían.

¿Quiénes son nuestros amigos?

¿Son ariscos y lentos? ¿Tienen
grandes deseos? ¿O son uno entre
la multitud caminando en la duda de
su imposible arrepentimiento?
Es verdad que las cosas pasan
y vuelven a pasar en continua promesa;
Todos hemos encontrado una covacha
segura donde acumular riquezas
y hablar a nuestros colegas
a partir de la misma premisa de desastre.

Pero eso no bastará. No,
nunca será suficiente. Hay
continentes y orillas que
suplican nuestra comprensión.
Rara vez hemos sido tan lentos.
Rara vez hemos estado tan lejos.

Mi único deseo es ver
El lejano Arden de nuevo.



La verdad está en su pecho
La excitación celular ha
Inspirado totalmente a nuestro
Mágico veterano. Y ahora por un
Viejo viaje. Estoy cansado de pensar:
Quiero que las viejas forma
reafirmen su frescor sexual.
Mi mente está...ya sabés.
Y esta mañana antes de terminar
el programa me gustaría hablarte
de Radio Texas y el Gran Ritmo.
Irrumpe en el perímetro de tu
Sagrada sonrisa sincera y dedicada
como un tranquilo sobreviviente
de la guerra psíquica. No era
general porque no era anciano.
No era soldado raso porque
no podía ser vendido.

Era sólo un hombre y su
dedicación llegaba al último
grado. Pobre soldado pretencioso,
volvé a casa. La oscura noche
de Los Angeles está empañando la Iglesia
a la que asistíamos y extraño
a mi chico. Estúpido de verde...
¿Qué hay del color verde? Cuando
miro la tele y veo
helicópteros que lanzan en círculos su
brutal y generosa sensación
sobre los campos y las cósmicas paredes
sólo puedo sonreír y preparar la comida
y pensar en el niño que
algún día se apoderará de vos.




En conclusión, cariño, dejame
repetirte: tu hogar todavía está
aquí, inviolado y seguro
y abro la vasta sonrisa de
mi recuerdo. Esto es para vos
en el aniversario de nuestra primera
noche. Sé que te encanta
que hable así. Espero
que nadie vea este mensaje
escrito en la tranquila solitaria
extraña y lánguida tarde de verano
C/todo mi amor




Ella vende noticias en el mercado
Tiempo en el vestíbulo
Las chicas de la fábrica
Arman cigarrillos
Todavía no han inventado la música ambiental
Así que les leo
De EL LIBRO DE LOS DÍAS

una historia de horror de la edad gótica
un macabro amorío
De la peste
de Los Angeles.

Tengo una visión de Norteamérica
Desde el aire
a 8500 metros y en vuelo rápido

Un manco en una laberíntica
playa de estacionamiento de Texas

Un árbol quemado como un gigantesco pájaro primitivo
en un terreno vacío de Fresno
Kilómetros y kilómetros de pasillos de hotel
y ascensores, llenos de ciudadanos.

Motel Dinero Asesinato Locura
Cambiá el ánimo de la alegría a la tristeza

tocá la canción del fantasma, nena.

"UN ARTISTA DEL TRAPECIO" (KAFKA)




Un artista del trapecio

Franz Kafka


Un artista del trapecio -como se sabe, este arte que se practica en lo alto de las cúpulas de los grandes circos es uno de los más difíciles entre todos los asequibles al hombre- había organizado su vida de tal manera -primero por afán profesional de perfección, después por costumbre que se había hecho tiránica- que, mientras trabajaba en la misma empresa, permanecía día y noche en el trapecio. Todas sus necesidades -por otra parte muy pequeñas- eran satisfechas por criados que se relevaban a intervalos y vigilaban debajo. Todo lo que arriba se necesitaba lo subían y bajaban en cestillos construidos para el caso.
De esta manera de vivir no se deducían para el trapecista dificultades con el resto del mundo. Sólo resultaba un poco molesto durante los demás números del programa, porque como no se podía ocultar que se había quedado allá arriba, aunque permanecía quieto, siempre alguna mirada del público se desviaba hacia él. Pero los directores se lo perdonaban, porque era un artista extraordinario, insustituible. Además era sabido que no vivía así por capricho y que sólo de aquella manera podía estar siempre entrenado y conservar la extrema perfección de su arte.

Además, allá arriba se estaba muy bien. Cuando, en los días cálidos del verano, se abrían las ventanas laterales que corrían alrededor de la cúpula y el sol y el aire irrumpían en el ámbito crepuscular del circo, era hasta bello. Su trato humano estaba muy limitado, naturalmente. Alguna vez trepaba por la cuerda de ascensión algún colega de turné, se sentaba a su lado en el trapecio, apoyado uno en la cuerda de la derecha, otro en la de la izquierda, y charlaban largamente. O bien los obreros que reparaban la techumbre cambiaban con él algunas palabras por una de las claraboyas o el electricista que comprobaba las conducciones de luz, en la galería más alta, le gritaba alguna palabra respetuosa, si bien poco comprensible.

A no ser entonces, estaba siempre solitario. Alguna vez un empleado que erraba cansadamente a las horas de la siesta por el circo vacío, elevaba su mirada a la casi atrayente altura, donde el trapecista descansaba o se ejercitaba en su arte sin saber que era observado.

Así hubiera podido vivir tranquilo el artista del trapecio a no ser por los inevitables viajes de lugar en lugar, que lo molestaban en sumo grado. Cierto es que el empresario cuidaba de que este sufrimiento no se prolongara innecesariamente. El trapecista salía para la estación en un automóvil de carreras que corría, a la madrugada, por las calles desiertas, con la velocidad máxima; demasiado lenta, sin embargo, para su nostalgia del trapecio.

En el tren, estaba dispuesto un departamento para él solo, en donde encontraba, arriba, en la redecilla de los equipajes, una sustitución mezquina -pero en algún modo equivalente- de su manera de vivir.

En el sitio de destino ya estaba enarbolado el trapecio mucho antes de su llegada, cuando todavía no se habían cerrado las tablas ni colocado las puertas. Pero para el empresario era el instante más placentero aquel en que el trapecista apoyaba el pie en la cuerda de subida y en un santiamén se encaramaba de nuevo sobre su trapecio. A pesar de todas estas precauciones, los viajes perturbaban gravemente los nervios del trapecista, de modo que, por muy afortunados que fueran económicamente para el empresario, siempre le resultaban penosos.

Una vez que viajaban, el artista en la redecilla como soñando, y el empresario recostado en el rincón de la ventana, leyendo un libro, el hombre del trapecio le apostrofó suavemente. Y le dijo, mordiéndose los labios, que en lo sucesivo necesitaba para su vivir, no un trapecio, como hasta entonces, sino dos, dos trapecios, uno frente a otro.

El empresario accedió en seguida. Pero el trapecista, como si quisiera mostrar que la aceptación del empresario no tenía más importancia que su oposición, añadió que nunca más, en ninguna ocasión, trabajaría únicamente sobre un trapecio. Parecía horrorizarse ante la idea de que pudiera acontecerle alguna vez. El empresario, deteniéndose y observando a su artista, declaró nuevamente su absoluta conformidad. Dos trapecios son mejor que uno solo. Además, los nuevos trapecios serían más variados y vistosos.

Pero el artista se echó a llorar de pronto. El empresario, profundamente conmovido, se levantó de un salto y le preguntó qué le ocurría, y como no recibiera ninguna respuesta, se subió al asiento, lo acarició y abrazó y estrechó su rostro contra el suyo, hasta sentir las lágrimas en su piel. Después de muchas preguntas y palabras cariñosas, el trapecista exclamó, sollozando:

-Sólo con una barra en las manos, ¡cómo podría yo vivir!

Entonces, ya fue muy fácil al empresario consolarlo. Le prometió que en la primera estación, en la primera parada y fonda, telegrafiaría para que instalasen el segundo trapecio, y se reprochó a sí mismo duramente la crueldad de haber dejado al artista trabajar tanto tiempo en un solo trapecio. En fin, le dio las gracias por haberle hecho observar al cabo aquella omisión imperdonable. De esta suerte, pudo el empresario tranquilizar al artista y volverse a su rincón.

En cambio, él no estaba tranquilo; con grave preocupación espiaba, a hurtadillas, por encima del libro, al trapecista. Si semejantes pensamientos habían empezado a atormentarlo, ¿podrían ya cesar por completo? ¿No seguirían aumentando día por día? ¿No amenazarían su existencia? Y el empresario, alarmado, creyó ver en aquel sueño, aparentemente tranquilo, en que habían terminado los lloros, comenzar a dibujarse la primera arruga en la lisa frente infantil del artista del trapecio.

FIN

"MUCHACHA PUNK" (RODOLFO FOGWILL)




EN DICIEMBRE DE 1978 hice el amor con una muchacha punk. Decir "hice el amor" es un decir, porque el amor ya estaba hecho antes de mi llegada a Londres y aquello que ella y yo hicimos, ese montón de cosas que "hicimos" ella y yo, no eran el amor y ni siquiera –me atrevería hoy a demostrarlo–, eran un amor: eran eso y sólo eso eran. Lo que interesa en esta historia es que la muchacha punk y yo nos "acostamos juntos".
Otro decir, porque todo habría sido igual si no hubiésemos renunciado a nuestra posición bípeda, –integrando eso (¿el amor?) al hábitat de los sueños: la horizontal, la oscuridad del cuarto, la oscuridad del interior de nuestros cuerpos; eso.
Primera decepción del lector: en este relato soy varón. Conocí a la muchacha frente a una vidriera de Marble Arch. Eran las diez y treinta, el frío calaba los huesos, había terminado el cine, ni un alma por las calles. La muchacha era rubia: no vi su cara entonces. Estaba ella con otras dos muchachas punk. La mía, la rubia, era flacucha y se movía con gracia, a pesar de su atuendo punk y de cierto despliegue punk de gestos nítidamente punk. El frío calaba los huesos, creo haberlo contado. Marcaban dos o tres grados bajo cero y el helado viento del norte arañaba la cara en Oxford Street y en Regent Street. Les cuatro –yo y aquellas tres muchachas punk– mirábamos esa misma vidriera de . En el ambiente cálido que prometía el interior de la tienda, una computadora jugaba sola al ajedrez. Un cartel anunciaba las características y el precio de la máquina: 1.856 libras. Ganaban blancas, el costado derecho de la máquina. Las negras habían perdido iniciativa, su defensa estaba liquidada y acusaban la desventaja de un peón central.
Blancas venían atacando con una cuña de peones que protegía su dama, repatingada en cuatro torre rey. Cuando las tres muchachas se acercaron era turno de negras. Negras dudaron quince según dos o tal vez más; era la movida l16 ó l18, y los mirones –nadie a esas horas, por el frío–, habrían podido recomponer la partida porque una pequeña impresora venía reproduciendo el juego en código de ajedrez, y un gráfico, que la máquina componía en su pantalla en un par de segundos, mostraba la imagen del tablero en cada fase previa del desenvolvimiento estratégico del juego. Las muchachas hablaron un slang que no entendí, se rieron, y sin prestarme la menor atención siguieron su camino hacia el oeste, hacia Regent Street. A esas horas, uno podía mirar todo a lo largo de la ciudad arrasada por el frío sin notar casi presencia humana, salvo las tres muchachas yéndose.
Cerca de Selfridges alguien debía esperar un ómnibus, porque una sombra se coló en la garita colorada de esperar ómnibus y algún aliento había nublado los cristales. Quizás el humano se hallase contra el vidrio, frotándose las manos, escribiendo su nombre, –garabateando un corazón o el emblema de su equipo de fútbol; quizá no.
Confirmé su existencia poco después, cuando un ómnibus rumbo a Kings Road se detuvo y alguien subió. Al pasar frente a nuestra vidriera, semivacío, pude ver que la sombra de la garita se había convertido en una mujer viejísima, harapienta, que negociaba su boleto.
Pocos autos pasaban. La mayoría taxis, a la caza de un pasajero, calefaccionados, lentos, diesel, libres. Pocos autos particulares pasaban; Daimlers, Jaguars, Bentleys. En sus asientos delanteros conducían hombres graves, maduros, sensibles a las intermitentes señales de tránsito.
A sus izquierdas, mujeres ancestrales, maquilladas de party o de ópera, parecían supervisarlos. Un Rolls paró frente a mi vidriero de Selfridges y el conductor hechó un vistazo a la computadora, (ensayaba la jugada 127, turno de blancas), y dijo algo a su mujer, una canosa de perfil agrio y aros de brillantes. No pude oírlo: las ventanillas de cristal antibalas de estos autos componen un espacio hermético, casi masónico: insondable.
Poco después el Rolls se alejó tal como había llegado y en la esquina de Glowcester Street vaciló ante el semáforo, como si coqueteara con la luz verde que recién se prendía. Primera decepción del narrador: la computadora decretó tablas en la movida 147. Si yo fuese blancas, cambiando caballo por torre y amenazando jaque en descubierto, reclamaría a negras una permuta de damas favorable, dada mi ventaja de peones y mi óptima situación posicional. Me fui con rabia: había dormido toda la tarde de aquel viernes y era temprano para meterme en el hotel.
El frío calaba los huesos. Traía bajo los jeans un polar–suit inglés que había comprado para un amigo que navega a vela en Puerto Belgrano y decidí estrenarlo aquella noche para ponerlo a prueba contra el frío atroz que anunciaba la BBC.
Sentía el cuerpo abrigado, pero la boca y la nariz me dolían de frío. Las manos, en los hondos bolsillos de la campera de duvet, temían tanto un encuentro con el aire helado que me obligaron a resistir a la feroz jauría de ganas de fumar, que aullaba y se agitaba detrás de la garganta, en mi interior. En mi exterior, las orejas estaban desapareciendo: tarde o temprano serían muñones, o sabañones, si no las defendía; intenté guarecerlas con las solapas de mi campera. Sin manos, llevaba las puntitas de las solapas entre los dientes y así, mordiente y frío, entré a un taxi que olía a combustible diesel y a sudor de chofer, y una vez instalado en el goce de aquel tufo tibión, nombré una esquina del Soho y prendí un cigarrillo.
Afuera, nadie. El frío calaba los huesos. El inglés, adelante, manejando, era una estatua llena de olor y sueño. Antes de bajar, verifiqué que hubiesen taxis por la zona; vi varios. Pagué con un papel y sólo después de recibir el cambio abrí mi puerta. El aire frío me ametralló la cara y la papada se me heló, pues las solapas, chorreadas de saliva, habían depositado sobre mi piel una leve película de baba, que ahora me hería con sus globitos quebradizos de escarcha.
vi poca gente en el barrio chino de Londres: como siempre, algunos árabes y africanos salían rebotando de los tugurios pomo. En una esquina, un grupo de hombres –obreros, pinches de vigilancia, tal vez algunos desgraciados sin hogar se ilusionaban alrededor de un fueguito de leñas y papeles improvisado por un negro del kiosco de diarios. Caminé las tres o cuatro cuadras del barrio que sé reconocer y como no encontré dónde meterme, en la esquina de Charing Cross abrí la puerta trasera izquierda de un taxi verde, subí, di el nombre de mi hotel, y decidí que esa noche comería en mi cuarto una hamburguesa muy condimentada y una ensalada bien salada para fortalecer la sed que tanto se merece la cerveza de Irlanda. ¡Lástima que la televisión termine tan temprano en Londres! Miré el reloj: eran las once; quedaba apenas media hora de excelente programación británica.
Conté del frío, conté del polar–suit. Ahora voy á contar de mí: el frío, que calaba los huesos, desalentaba a cualquier habitante y a cualquier visitante de la antigua ciudad, pues era un frío de lontananza inglesa, un frío hecho de tiempo y de distancia y –¿por qué no?– hecho también de más frío y de miedo, y era un frío ártico y masivo, resultante de la ola polar que venía siendo anunciada y promovida durante días en infinitos cortes informativos de la radio y la televisión. En efecto, la radio y la televisión, los diarios y las revistas y la gente, los empleados y los vendedores, los chicos del hotel y las señoras que uno conoce comprando discos –todos no hablaban sino de la ola de frío y de la asombrosa intensidad que había alcanzado la promoción de la ola de frío que calaba los huesos.
Yo soy friolento, normalmente friolento, pero jamás he sido tan friolento como para ignorar que la campaña sobre el frío nos venía helando tanto, o más aún, que la propia ola de frío que estaba derramándose sobre la semiobsoleta capital.
Pero yo estaba ya en la calle, no tenía ganas de volver a mi hotel y necesitaba estar en un lugar que no fuese mi cuarto, protegido del frío y protegido cuidadosamente de cualquier referencia al frío. Entonces vi, dos cuadras antes del hotel, un local que días atrás me había llamado la atención. Era una pizzería llamada The Lulu, que no existía en oportunidad de mi último viaje.
Yo recordaba bien aquel lugar porque había sido la oficina de turismo de Rumania en la que alguna vez hice unos trámites para mis clientes italianos.
Desde el taxi leí el cartel que probaba que el boliche permanecía abierto, vi clientes comiendo, noté que la decoración era mediocre pero honesta, y de las mesas y las sillas de mimbre blanco induje una noción de limpieza prometedora.
Golpeé los vidrios del chofer, pagué 60 pence, bajé del auto y me metí en la pizzería.
Era una pizzería de españoles, con mozos españoles, patrones españoles y clientes españoles que se conocían entre sí, pues se gritaban –en español–, de mesa a mesa, opiniones españolas, y frases españolas. Me prometí no entrar en ese juego y en mi mejor inglés pedí una pizza de espinaca y una botella chica de vino Chianti. El mozo, si ya había padecido un plazo razonable de exilio en Londres, me habrá supuesto un viajero del continente, o un nativo de una colonia marginal del Commonwealth, tal vez un malvinero.
Yo traía en el bolsillo de la campera la edición aérea del diario La Nación, pero evité mostrarla para no delatar mi carácter hispano–parlante. El Chianti –embotellado en Argelera delicioso: entre él y el aire tibio del local se estableció una afinidad que en tres minutos me redimió del frío.
Pero la pizza era mediocre, dura y desabrida. La mastiqué feliz, igual, leyendo mis recortes del Financial Times y la revista de turismo que dan en el hotel. Tuve más hambre y pedí otra pizza, reclamando que le echasen más sal. Esta segunda pizza fue mejor, pero el mozo me había mirado mal, tal vez porque me descubrió estudiando sus movimientos, perplejo a causa de la semejanza que puede postularse en un relato entre un mozo español de pizzería inglesa, y cualquier otro mozo español de pizzería de París, o de Rosario. He elegido Rosario para no citar tanto a Buenos Aires. Querido.
Masqué la pizza número dos analizando la evolución de los mercados de metales en la última quincena; un disparate. Los precios que la URSS y los nuevos ricos petroleros seguían inflando con su descabellada política de compras no auguraban nada bueno para Europa Occidental. Entonces aparecieron las tres muchachas punk. Eran las mismas tres que había visto en Selfridges. La mía eligió la peor mesa junto a la ventana; sus amigotas la siguieron. La gorda, con sus pelos teñidos color zanahoria, se ubicó mirando hacia mi mesa. La otra, de estatura muy baja y con cara de sapo, tenía pelos teñidos de verde y en la solapa del gabán traía un pájaro embalsamado que pensé que debía ser un ruiseñor. Me repugnó. Por fortuna, la fea con pájaro y cara de sapo se colocó mirando hacia la calle, mostrándome tan solo la superficie opaca de la espalda del grasiento gabán. La mía, la rubia, se posó en su sillita de mimbre mirando un poco hacia la gorda, un poco hacia la calle: yo sólo podía ver su perfil mientras comía mi pizza y procuraba imaginar cómo sería un ruiseñor.
Un ruiseñor: recordé aquel soneto de Banchs.
El otro tipo también decía llamarse Banchs y era teniente de corbeta o fragata. Era diciembre; lo había cruzado muchas veces durante el año que estaba terminando. Esa misma mañana, mientras tomaba mi café, se había acercado a hablarme de no sé qué inauguración de pintores, y yo le mencioné al poeta, y él, que se llamaba Banchs juró que oía nombrar al tal Enrique Banchs por primera vez en su vida. Entonces comprendí por qué el teniente desconocía la existencia de los polar–suit (al ver mi paquetito con el Helly Hansen, se había asombrado) y también entendí por qué recorría Europa derrochando sus dólares, tratando de caerle simpático a todos los residentes argentinos y buscando colarse en toda fiesta en la que hubiese latinoamericanos. Fumaba Gitanes también en esto se parecía al Nono.
Jamás vi un ruiseñor. Estaba por terminar la pizza y desde atrás me vino un vaho de musk.
Miré. La más fea de las gallegas de la mesa del fondo estaba sentándose. Vendría del baño; habría rociado todo su horrible cuerpo con un vaporizador de Chanel, de Patou, o de –alguna marquita de esas que ahora le agregan musk a todos sus perfumes. ¿Cómo sería el olor de mi muchacha punk? Yo mismo, como el tal Banchs, me había condenado a averiguar y averiguar; faltaba bien poco para finiquitar la pizza y el asuntito de las cotizaciones de metales. Pero algo sucedía fuera de mi cabeza.
Los dueños, los mozos y los otros parroquianos, en su totalidad o en su mayoría españoles, me miraban. Yo era el único testigo de lo que estaban viendo y eso debió aumentar mi valor para ellos.
Tres punks habían entrado al local, yo era el único no español capaz de atestiguar que eso ocurría, que no las habían llamado, que ellos no eran punk y que no había allí otro punk salvo las tres muchachas punk y que ningún punk había pisado ese local desde hacía por lo menos un cuarto de hora. Sólo yo estaba para testimoniar que la mala pizza y el excelente vino del local no eran desde ningún punto de vista algo que pudiera considerarse punk. Por eso me miraban, para eso parecían necesitarme aquella vez.
Trabado para mirar a mi muchacha –pues la forma de la de pájaro embalsamado y cara de sapo la tapaba cada vez más– me concentré sobre mi pizza y mi lectura desatendiendo las miradas cómplices de tantos españoles. Al termianar la pizza y la lectura, pedí la cuenta, me fui al baño a pishar y a lavarme las inanes y allí me hice una larga friega con agua calentísima de la canilla. Desde el espejo, nitré contento cómo subían los tonos rosados de los cachetes y la frente reales. Habían vuelto a nacer mis orejas; fui feliz.
Al volver, un rodeo injustificable me permitió rozar la mesa de las muchachas y contemplar mejor a la mía: tenía hermosos ojos celestes casi transparentes y el ensamble de rasgos que más irte gusta, esos que se suelen llamar "aristocráticos", porque los aristócratas buscan incorporarlos a su progenie, tomándolos de miembros de la plebe con la secreta finalidad de mejorar o refinar su capital genético hereditario. ¡Florecillas silvestres! ¡Cenicientas de las masas que engullirán los insaciables cromosomas del señor! ¡Se inicia en vuestros óvulos un viaje ala porvenir soñado en lo más íntimo del programa genético del amo). Es sabido, en épocas de cambio, lo mejor del patrimonio fisiognómico heredable (esas pieles delicadas, esos ojos transparentes, esas narices de rasgos exactos "cinceladas" bajo sedosos párpados y justo encima de labios y de encías y puntitas de lengua cuyo carmín perfecto titila por el inundo proclamando la belleza interior del cuerpo aristocrático) se suele resignar a cambio de un campo en Marruecos, la mayoría accionaria del Nuevo Banco tal, una Acción heroica en la guerra pasada o un Premio Nacional de Medicina, y así brotan narices chatas, ojos chicos, bocas chirlonas y pieles chagrinadas en los cuerpitos de las recientes crías de la mejor aristocracia, obligando a las familias aristocráticas o recurrir a las malas familias de la plebe en busca de buena sangre piara corregir los rasgos y restablecer el equilibrio estético de las generaciones que catapultarán sus apellidos y un poco de ellas mismas, a vaya a saber uno dónde en algún improbable siglo del porvenir.
La chica me gustó. Vestía un traje de hombre holgado, tres o más números mayor que su talle.
De altura normal, no pesaría más de 44 kilos. su piel tan suave (algo de ella me recordó a Grace Kelly, algo de ella me recordó a Catherine Deneuve) era más que atractiva para mí. Calzaba botitas de astrakán perfectas, en contraste con la rasposa confección de su traje de lana. Una camisa de cuello Oxford se le abría a la altura del busto mostrando algo que creí su piel y comprobé después que era tina campera de gimnasta. Ella, a mí, ni me miró.
Pero en cambio, su amiga, la más gorda, la del pelo teñido color naranja, venía emitiendo una onda asaz provocativa. No quise sugerir sexual: provocativo, como buscando riña, como buscando o planificando un ataque verbal, como buscando tina humillación, como ella misma habría mirado a un oficial de la policía inglesa. Así mirábame la gorda de pelo zanahoria. La mía, en cambio no me mira ha. Pero. . .
Tampoco miraba a sus acompañantes. Miraba hacia la calle vacía de transeúntes, con las pupilas extraviadas en el paso del viento. Así me dije: "se pierde su mirada pincelando el frío viento de Oxford Street". Era etérea. Esa nota, lo etéreo, es la que mejor habría definido a mi muchacha para mí, de no mediar aquellas actitudes punk y los detalles punk, que lucía, punk, como al descuido, negligentemente punk, ella. Por ejemplo: fumaba cigarrillos de hoja; los tomaba con el gesto exhultante de un europeo meridional, pitaba fuerte el humo y lo tiraba insidiosamente contra el cristal de la vidriera. Al pasar por su mesa había visto en sus manos una mancha amarilla, azafranada, de alquitrán de tabaco. ¡Y jamás vi manitas sucias de alquitrán de tabaco como las de mi muchachita punk! El índice, el mayor y el anular de su derecha, desde las uñas hasta los nudillos, estaban embebidos de ese amarillo intenso que sólo puede conseguir algún gran fumador para la primer falange del dedo índice, tras años de fumar y fumar evitando lavados. Me impresionó. Pero era hermosa, tenía algo de Catherine Deneuve y algo de Isabelle Adjani que en aquel momento no pude definir: me estaba confundiendo. Pagué la cuenta, eché las rémoras de mi botella de Chianti en la copa verde del restaurante, y copa en mano –so british–, como si fuese un parroquiano de algún pub confianzudo, me apersoné a la mesa de las muchachas punk asumiendo los riesgos. Antes de partir había calculado mi chance: una en cinco, una en diez en el peor de los casos; se justificaba. voy a contarlo en español: –¿Puedo yo sentarme? Las tres punk se miraron. La gorda punk acariciaba su victoria: debió creer que yo bajaba a reclamar explicaciones por sus miradas punk provocativas. Para evitar un rápido rechazo me senté sin esperar respuestas. Para evitar desanimarme eché un trago de vino a mi garguero. Para evitar impresionarme miré hacia arriba, expulsando de mi campo visual al pajarito embalsalmado. La gorda reía. La punk mía miró a la del pelo verde, miró a la gorda, sopló el humo de su cigarro contra la nada, no me miró, y sin mirarme tomó un sorbito de aquella mezcla de Coca Cola y Chianti que estuvo preparando en la página anterior, pero que yo, con esta prisa por escribirla, había olvidado registrar. Habló la punk con pájaro
–¿Qué usted quiere? –Nada, sentarme... Estar aquí como una sustancia de hecho... –dije en cachuzo inglés.
Sin duda mi acento raro acicateó los deseos de saber de la gorda: –¿Dónde viene usted de...? –ladró.
La pregunta era fuerte, agresiva, despectiva.
–De Sudamérica... Brasil y Argentina –dije, para ahorrarles una agobiante explicación que llenaría el relato de lugares comunes. Me preguntaba si era inglés: se asombraba "¿Cómo puede venir uno de Brasil y Argentina sin ser británico?", imaginé que habría imaginado ella.
¿Sería un inglés? –No. Soy sudamericano, lamentado –dije.
–Gran campo Sudamérica –se ensañaba la gorda.
–Sí: lejos. Así, lejos. Regresaré mes próximo –le respondí.
–Oh sí... Yo veo dijo la gorda mirando fijo a la cara de sapo que hamacó su cabeza como si confirmase la más elaborada teoría del universo. Entonces habló por vez primera y sólo para mí mi Muchacha Punk. Tenía voz deliciosa y tímbrica en este párrafo: –¿Qué usted hace aquí? –quiso saber su melodía verbal.
–Nada, paseo –dije, y recordé un modelo que siempre marchó bien con beatniks y con hippys y que pensé que podía funcionar con punks. Lo puse a prueba: –Yo disfruto conocer gente y entonces viajo... Conocer gente, ¿Me entiende?... Viajar... Conocer... ¡Gente!.. ¿Eh.? ¡Ah..! ¡Así..! ¡Gente..!
Funcionó: la carita de mi Muchacha Punk se iluminaba. –Yo también amo viajar –fue desgranando sin mirarme–. Conozco África, India y los Estados (se refería a USA). Yo creo que yo conozco casi todo. ¡Yo no nunca he ido yo a Portugal! ¿Cómo es Portugal? –me preguntó.
Compuse un Portugal a su medida: –Portugal es lleno de maravilla... Hay allí gente preciosamente interesante y bien buena. Se vive una ola en completo distinta a la nuestra...
" seguí así, y ella se fue envolviendo en mi relato. Lo percibí por la incomodidad que comenzaban a mostrar sus punks amigas. Lo confirmé por esa luz que vi crecer en su carita aristocráticamente punk. Susurraba ella: –Una vez mi avión tomó suelo en Lisboa y quise yo bajar, pero no permitieron –dijo–: Encuentro que la gente del aeropuerto de Lisboa son unos cerdos sucios hijos de perra. ¿Es no, eso ...Lisboa, Portugal?–. La duda tintineaba en su voz.
–Sí –adoctriné, pero en todos los aeropuertos son iguales: son todos piojosos malolientes sucios hijos de perra.
–Como los choferes de taxi, así son –me interrumpió la gorda, sacudiendo el humo de su Players.
–Como los porteros del hotel, sucios hijos de perra –concedió la pajarófora gorda cara de sapo, quieta.
–Como los vendedores de libros –dijo la mía –¡Hijos de una perra!–. Y flotaba en el aire, etérea.
–Sí, de curso –dije yo, festejando el acuerdo que reinaba entre los cuatro. Entonces ocurrió algo imprevisto; la de pelo verde habló a la gorda: –Deja nosotros ir, dejemos a estos trabajar en lo suyo, eh... –y desenrolló un billete de cinco libras, lo apoyó en el platillo de la cuenta, se paró y se marchó arrastrando en su estela a la cara de sapo. Bien había visto yo que ellas habían con sumido diez o quince libras, pero dejé que se borraran, eso simplificaba la narración.
–Bay, Borges –me gritó la cara de sapo desde la vereda, amagando sacar de su cintura una inexistente espadita o un puñal; entonces yo me alegré de ver tanta fealdad hundiéndose en el frío, y me alegré aún más, pensando que asistía a otra prueba de que el prestigio deportivo de mi patria ya había franqueado las peores fronteras sociales de Londres. Pregunté a mi muchacha por qué no las había saludado: –Porque son unas ceras sucias hijas de perra.
¿Ve? –dijo mostrándome los billetitos de cinco libras que iba sacando de su bolsillo para completar el pago de la cuenta. Asentí.
Como un cernícalo, que a través de las nubes más densas de un cielo tormentoso descubre los movimientos de su pequeña presa entre las hierbas, atraído por el fluir de las libras , un mozo muy gallego brotó a su lado, frente a mí. Guiñó un ojo, cobró, recibió los pocos penns de propina que mi muchacha dejó caer en su platillo, y yo pedí otra botella de Chianti y dos de Coke y ella me devolvió un hermoso gesto: abrió la boca, frunció un poquito la nariz, alzó la ceja del mismo lado y movió la cabeza como queriendo devolver la pelota a alguien que se la habría lanzado desde atrás.
Conjeturé que sería un gesto de acuerdo. Poco después, su manera golosa de beber la mezcla de vino y Coca Cola, acabó de confirmándome aquella presunción de momento: todo había sido un gesto de acuerdo.
Me contó que se llamaba Coreen. Era etérea: al promediar el diálogo sus ojos se extraviaban siguiendo tras la ventana de la pizzería española de Graham Avenue al viento de la calle. Tomamos dos botellas de Chianti, tres de Coke. Ella mezclaba esos colores en mi copa. Yo bebía el vino por placer y la Coke por la sed que habían provocado la pizza, el calor del local y este mismo deseo de averiguar el desenlace de mi relato de la Muchacha Punk. La convidé a mi hotel. No quiso. Habló: –Si yo voy a tu hotel, tendrás que a ellos pagar mi permanencia. Es no sentido –afirmó y me invitó a su casa. Antes de salir pagamos en alícuotas todo lo bebido; pero yo necesito hablar más de ella. Ya escribí que tenía rasgos aristocráticos. A esa altura de nuestra relación (eran las 12.30, no había un alma en la calle, el frío inglés del relato, calaba, los huesos, argentinos, del narrador), mi deseo de hacerla mía se había despojado de cualquier snobismo inicial. Mi Muchacha –aristocrática o punk, eso ya no importaba–, me enardecía: yo me extraviaba ya por ese ardor creciente, ya era un ciego, yo. Yo era ya el cuerpo sin huellas digitales de un ahogado que la corriente, delatora, entra boyando al fiord donde todo se vuelve nada. Pero antes, cuando la vi frente a mi vidriera de Selfridges había notado detalles raros, nítidamente punk, en su tenue carita: su mejilla izquierda estaba muy marcada, no supe entonces cómo ni por qué, y el lado derecho de su cara tenía una peculiaridad, pues sobre el ala derecha de su nariz, se apoyaba –creí– una pieza de metal dorado (creí) que trazando una comba sobre la mejilla derecha ascendía hasta insertarse en la espiga de trigo, que creí dorada, afeando el lóbulo de su oreja a la manera de un arete de fantasía. Del tallo de esa espiga, de unos dos centímetros, colgaba otra cadena, más gruesa, que caía sobre su cuello libremente y acababa en la miniatura de la lata de Coke, de metal dorado y esmalte rojo que siempre iba y venía rozándole los rubios pelos, el hombro, y el pecho, o golpeaba la copa verde provocando una música parecida a su voz, y algunas veces se instalaba, quieta, sobre su hermosa clavícula blanca, curvada como el alma de una ballesta, armónica como un golpe de tai chi. Durante nuestra charla aprendí que lo que había creído antes metal dorado era oro dieciocho kilates, y descubrí que lo que había creído un grano de maíz de tamaño casi natural aplicado sobre el ala de su nariz era una pieza de oro con forma de grano de maíz y tamaño casi natural, sostenido por un mecanismo de cierre delicadísimo, que atravesaba sin pudor y enteramente la alita izquierda de su bella nariz. Ella misma me mostró el orificio, haciendo un poco de palanca con la uña azafranada de su índice, entre el maíz y la piel, para lucir mejor su agujerito en forma de estrella, de unos cuatro milímetros de diámetro. ¡Estaba chocha de su orificio... ! Del lado izquierdo, lo que temprano en Oxford Street me había parecido una marca en su mejilla, era una cicatriz profunda, de unos tres centímetros de largo, que parecía provocada por algo muy cortante. Surcaban ese tajo tres costuras bien desprolijas, trabajo de un aficionado, o de algún practicante de primer año de medicina más chapucero que el común de los practicantes de medicina ingleses y en ausencia de los jefes de guardia. Segunda decepción del narrador: la cicatriz de la izquierda, a diferencia de las cositas de oro de su lado derecho, era falsa. La había fraguado un maquillador y mi muchachita se apenaba, pues había comenzado a deshacerse por la humedad y por el frío y ahora necesitaba un service para recuperar su color y su consistencia original.
Poco antes de irnos, ella fue al baño y al volver me sorprendió cavilando en la mesa: . –¿Cuál es el problema con tú? –me preguntó en inglés–. ¿Qué eres tú pensando? –Nada –respondí–. Pensaba en este frío maldito que estropea cicatrices...
Pero mentí: yo había pensado en aquel frío sólo por un instante. Después había mirado la calle que se orientaba hacia la nada, y había tratado de imaginar qué andaría haciendo la poca gente que, de cuando en cuando, producía breves interrupciones en la constancia de aquel paisaje urbano vacío. Toqué el cristal helado; olí los bordes de la copa verde de ella para reconocer su olor, y volví a pensar en las figuras que iban pasando tras los cristales, esfumadas por el vapor humano de la pizzería. Entonces quise saber por qué cualquier humano desplazándose por esas calles, siempre me parecía encubrir a un terrorista irlandés, llevando mensajes, instrucciones, cargas de plástico, equipos médicos en miniatura y todo eso que ellos atesoran y mudan, noche por medio, de casa en casa, de local en local, de taller en taller, y hasta de cualquier sitio en cualquier otro sitio. "¿Por qué?" –me preguntaba" ¿Por qué será?" Trataba de entender, mientras mi bella Muchachita estaría cerquísima pishando, o lavándose con agua tibia, y cuando apenas tironeé del hilito de la tibieza de su imagen, estalló en mil fragmentos una granada de visiones y asociaciones íntimas, intensas, pero por rúas, por argentinas y por inconfesables, poco leales hacia ella. ¿Hay Dios? No creo que haya Dios, pero algo o alguien me castigó, porque cuando advertí que estaba siendo desleal e innoble con mi Muchachita Punk y sentí que empezaba a crecer en mi cuerpo –o en mi alma–, la deliciosa idea del pecado, cruzó por la vidriera la forma de un ciclista, y lo vi pedalear suspendido en el frío y supe que ése era el hombre cuyo falso pasaporte francés ocultaba la identidad del ex jesuita del IRA que alguna vez haría estallar con su bomba de plástico el pub donde yo, esperando algún burócrata de BAT, encontraría mi fin y entonces cerré los ojos, apreté los puños contra mis sienes y la vi pasar a ella apurada por la vereda del pub, zafé de allí, corrí tras ella respirando el aire libre y perfumado de abril en Londres, y en el instante de alcanzarla sentimos juntos la explosión, y ella me abrazaba, y yo veía en sus ojos –dos espejos azules que ese hombre que rodeaban los brazos de mi Muchacha Punk no era más yo, sino el jesuita de piel escarbada por la viruela, y adiviné que pronto, entre pedazos de mampostería y flippers retorcidos, Scotland Yard identificaría los fragmentos de un autor que jamás pudo componer bien la historia de su Muchacha Punk. Pero ella ahora estaba allí, salía del texto y comenzaba a oír mi frase: –Nada... pensaba en este frío maldito que arruina cicatrices... –oía ella.
Y después inclinaba la cabeza (¡chau irlandeses!), me clavaba sus espejos azules y decía "gracias", que en inglés ("agradecer tú", había dicho en su lengua con su lengua), y en el medio de la noche inglesa, me hizo sentir que agradecía mi solidaridad; yo, contra el frío, luchando en pro de la consevación de su preciosa cicatriz, y que también agradecía que yo fuera yo, tal como soy, y que la fuera construyendo a ella tal como es, como la hice, como la quise yo.
Debió advertir mis lágrimas. Justifiqué: –Tuve gripe. . . además. . . ¡El frío me entristece, es un bajón...! "¡lt downs me!" traduje–. ¡Eso abájame! –¡Vayamos al hotel! –dije yo, ya sin lágrimas.
–¡Hotel no! –dijo ella, la historia se repite.
No insistí. Entonces no sabía –sigo sin saber–, cómo puede alguien imponer su voluntad a una muchacha punk. Salimos al frío; calaba. Los huesos. Ni un alma. Por las calles. Llamé a un taxi. El no paró. Pronto se acercó otro. Se detuvo y subimos. Olía a transpiración de chofer y a gas oil. Mi Muchacha nombró una calle y varios números. imaginé que viviría en un barrio bajo, en una pocilga de subsuelo, o en un helado altillo y calculé que compartiría el cuarto con media docena de punks malolientes y drogados, que a esa altura de la noche se arrastrarían por el suelo disputando los restos de la comida, o, peor, los restos de una hipodérmica sin esterilizar que circularía entre ellos con la misma arrogante naturalidad con que nuestros gauchos se dejan chupar sus piorreicas bombillas de mate frío y lavado. Me equivoqué: ella vivía en un piso paquetísimo, frente a Hyde Park. En la puerta del edificio decía "Shadley House". En la puerta de su apartamento –doble batiente, de bronce y de lujuria –decía "R. H. Shadley".
–Es la casa de mi familia –dijo humilde mi Punk y pasamos a una gran recepción. A la derecha, la sala de armas conservaba trofeos de caza y numerosas armas largas y cortas se exhibían junto a otras, más medianas, en mesas de cristal y en vitrinas. A la izquierda, había un salón tapizado con capitoné de raso bordeaux que brillaba a la luz de tres arañas de cristal grandes como Volkswagens. El pasillo de entrada desembocaba en un salón de música, donde sonaban voces. Al pasar por la puerta ella gritó "hello" y una voz le devolvió en francés una ristra de guarangadas. Detrás pasaba yo, las escuché, memoricé nuestra oración "queterrecontra" y con una mirada relámpago, busqué la boca sucia y gala en el salón. No la identifiqué. En cambio vi dos pianos, una pequeña tarima de concierto, varios sillones y dos viejos sofás enfrentados.
Entre ellos, sobre almohadones, media docena de punks malolientes fumaban haschich disputando en francés por algo que no alcancé a entender.
Un negro desnudo y esquelético yacía tirado sobre la alfombra purpúrea. Por su flacura y el color verdoso de su piel me pareció un cadáver, pero después vi sus costillas que se movían espasmódicamente y me tranquilicé: epilepsia.
Imaginé que el negro punk entre sus sueños estaría muriéndose de frío, pero no sería yo quien abrigase a un punk esa noche de perros, estando él, punk, reventado de droga punk entre tantos estúpidos amigos punk.
Copamos la cocina. Mi Muchacha me dijo que los batracios del salón de música eran "su gente" y mientras trababa la puerta me explicó que estaban enculados ("angry", dijo) con ella, porque les había prohibido la entrada a la cocina. Ellos argumentaban que era una "zorra mezquina", creyendo que la veda obedecía a su deseo de impedir depredaciones en heladeras y alacenas, pero el motivo eran las quejas y los temores de los sirvientes de la casa, que en varias oportunidades habían topado contra semidesnudos punks que comían con las manos en un área de la casa que el personal consideraba suya desde hacía tres generaciones y en la que siempre debían reinar las leyes de El Imperio. Ese día había recibido nuevas quejas del ama de llaves, pues uno de los punks, el marroquí, había estado toqueteando las armas automáticas de la colección y cuando el viejo mayordomo lo reprendió, el punk le había hecho oler una daga beduina, que siempre llevaba pegada con cinta adhesiva en su entrepierna. Coreen estaba entre dos fuegos y muy pronto tendría que elegir entre sus amigos y la servidumbre de la casa. Vacilaba: –Son unos cerdos malolientes hijos de perra –me dijo refiriéndose a los dos franceses, cl marroquí, el sudanés y el americano, quien además –contenía "costumbres repugnantes". No pude saber cuáles, pero me senté en un banquito a imaginar media docena de posibilidades punk, mientras ella filtraba un delicioso café con canela. Cuando la cafetera ya borboteaba, me contó que aquel departamento había sido de los abuelos de su madre, que era una crítica de museos que trabajaba en New York. El padre, veinte años mayor, se había casado por prestigio, tomando el apellido de la mujer cuando lo hicieron caballero de la reina vieja en recompensa de sus sevicios de espía, o policía, en la India.
Vinculado a la compañía de petróleo del gobierno, el viejo había hecho una apreciable fortuna y ahora pasaba sus últimos años en África, administrando propiedades. Mi Muchacha Punk lo admiraba. También admiraba a su madre. No obstante, al referirse a las relaciones de los dos viejos con ella y con su hermana mayor, puntualizó varias veces que eran unos "hijos de perra malolientes". Creí entender que había un banco encargado de los gastos de la casa, los sueldos de los sirvientes y choferes y las cuentas de alimentos, limpieza e impuestos, y que las dos muchachas –la mía y su hermana recibían cincuenta libras. "Cerdos malolientes", había vuelto a decir tocándose la cicatriz y explicando que el service –que en tiempos de humedad debía realizarse semanalmente le costaba veiticinco libras, y que así no se podía vivir. Pedía mi opinión. Yo preferí no tomar el partido de sus padres, pero tampoco quise comprometerme dando a su posición un apoyo del que, a mí, moralmente, no me parecía merecedora. Entonces la besé.
Mientras bebía el café la muchacha salió a arreglar algunos asuntos con sus amigos. Yo aproveché para mirar un poco la cocina: estábamos en un cuarto pilo, pero uno de los anaqueles se abría a un sótano de cien o más metros cuadrados que oficiaba de bodega y depósito de alimentos. Había jamones, embutidos y ciento cuarenta y cuatro cajas con latas de bebidas sin alcohol y conservas. vi cajones de whisky, de vinos y champañas de varias marcas.
Contra la pared que enfrentaba a mi escalera, dormían millares de botellas de vino, acostadas sobre pupitres de madera blanca muy suave.
Había olor a especias en el lugar. Calculé un stock de alimentos suficiente para que toda una familia y sus amigos argentinos sitiados pudiesen resistir el asedio del invasor normando por seis lunas, hasta la llegada de los ejércitos libertadores del Rey Charles, y al avanzar los atacantes, obligándonos a lanzar nuestras últimas reservas de bolas de granito con la gran catapulta de la almena oeste, apareció otra vez mi princesita punk, que repuesta del fragor del combate, volvía a trabar la puerta con dos vueltas de llave y me miraba, carita de disculpa.
Yo dije, por decir, que me parecía justificado el temor de sus sirvientes. "Nunca se sabe", dije en español, y le aclaré en inglés "es no fácil saber". Ella se encogió de hombros y dijo que sus amigos eran capaces de cualquier cosa, "como pobre Charlie". Quise saber quién era "pobre Charlie" y me contó que era un pariente, que se había hecho famoso cuando arrancó las orejas de una bebita en Gilderdale Gardens pero que ahora envejecía olvidado en un asilo cercano a Dundall, fingiéndose loco, para evitar una condena.
Entonces volvió a preguntar mi nombre y el de mis padres y se rió. También volvió a hablarme de su cicatriz que había costado cincuenta libras: el precio de su pensión semanal, "como una substancia de hecho". El banco le liquidaba cincuenta libras por semana a mi Muchacha y otras tantas a su hermana mayor, pero el maquillaje requería service. (Estoy seguro de haberlo escrito, pero ella volvía a contármelo y yo soy respetuoso de mis protagonistas. El arte –pienso debe testimoniar la realidad, para no convertirse en una torpe forma de onanismo, ya que las hay mejores.) Necesitaba service la cicatriz y le impedía, entre otras cosas, la práctica de natación y de esquí acuático. Coreen adoraba el esquí y las largas estadías al aire libre en tiempo de humedad y me invitó con un cigarrillo de marihuana: un joint. Lo rechacé porque había bebido mucho, me sentía ebrio de planes, y no quería que una caída súbita de mi presión los echara a perder. Mi Muchacha empapaba el papel de su pequeño joint con un líquido untuoso que guardaba en la miniatura de Coke de su colgante de oro. "Aceite de heroína", explicó. Ella había sido adicta y friendo ese juguito que impregnaba el papel y la yerba, tranquilizaba sus deseos.
Hacía un año que venía abandonando el hábito, temía recaer en los pinchazos que habían matado a sus mejores amigos una noche en París –septicemia y ahora quería curarse y salir de aquello porque su pensión no le alcanzaba para solventar el hábito: ya bastantes problemas le traía el service de su maquilladora. Después volvió a dejarme solo en la cocina, fue al baño y yo robé del sótano una lata de queso cammembert, y a medida que me lo iba comiendo con mi cuchara de madera, hice una recorrida por las dependencias de la cocina: arte testimonial.
Amén de varios hornos verticales, y un gran hogar revestido de barro para hacer pan en la sala contigua tenían una máquina de asar eléctrica, con un spiedo que mediría tres metros de ancho por uno de circunferencia. Calculé que un pueblo en marcha hacia la liberación podía asar allí media docena de misioneros mormones ante un millar de fervientes watussi desesperados por su alícuota de dulzona carne de misionero mormón rotí. Más allá de la sala estaba el depósito de tubos de gas, leñas, carbón y especias. Olía a ajo el lugar, pero no vi ajo sino ramas de laurel y bolsas de yute con hierbas aromáticas que no supe calificar. ¿Romero? ¿Peter Nollys? ¿Kelpsias? ¡vaya uno a distinguir las sofisticadas preferencias de esos maniáticos magnates británicos...! Cuando Coreen –mi Muchacha Punk, dueña y señora de la casa volvía del –baño, trabó la puerta que separaba la cocina del office –al que ella llamaba "hogar" en inglés de los salones donde seguían gritándose barbaridades sus amigos. Ignoro lo que habrán dicho ellos, pero como resumen dijo que eran unos piojos hijos de perra; grave. Prendió otro joint con la brasa de mis 555, y –¡Achalay!– nos fuimos con él a apestar el dormitorio de su hermana, donde, dormiríamos, pues el suyo venía desordenado de la tarde anterior.
El pasillo que llevaba a los cuartos, estaba custodiado por grandes cuadros que parecían de buena calidad. Reparé en el piso: listones de roble enteros se extendían a lo largo de quince o veinte metros. Sin alfombra ni lustre alguno, la madera blanca repulida me evocó la cubierta de aquellos clippers que se hacía construir la pandilla de nobles que rondaba a Disraeli para gastar sus vacaciones en Gibraltar. ¡Un derroche! El cuarto de la hermana era amplio, sobriamente alfombrado, y en un rincón había una piel de tigre, en otro, una de cebra viel y otras pieles gruesas que supuse serían de algún lanar exótico, pues eran más grandes que las pieles de las ovejas más grandes que mis ojos han visto y que las que cualquier humano podría imaginar con o sin joints embebidos en substancias equis.
Nos acostamos. Tercera decepción del narrador: mi Muchacha Punk era tan limpia como cualquier chitrula de Flores o de Belgrano R. Nada previsible en una inglesa y en todo discordante con mis expectativas hacia lo punk. ¡Las sábanas...! ¡Las sábanas eran más suaves que las del mejor hotel que conocí en mi vida! Yo, que por mi antigua profesión solía camouflarme en todos los hoteles de primera clase y hasta he dormido –en casos de errores en las reservas que de ese modo trataron los gerentes de repararen suites especiales para noches de bodas o para huéspedes VIP, nunca sentí en mi piel fibras tan suaves como las de esas sábanas de seda suave, que olían a lima o a capullitos de bergamota en vísperas de la apertura de sus cálices. Tercera decepción del lector: Yo jamás me acosté con una muchacha punk. Peor: yo jamás vi muchachas punk, ni estuve en Londres, ni me fueron franqueadas las puertas de residencias tan distinguidas. Puedo probarlo: desde marzo de 1976 no he vuelto a hacer el amor con otras personas. (Ella se fue, se fue a la quinta, nunca volvió, jamás volvió a llamarme. La franquean otros hombres, otros. Nos ha olvidado; creo que me ha olvidado).
Cuarta decepción del narrador: no diré que era virgen, pero era más torpe que la peor muchacha virgen del barrio de Belgrano o de Parque Centenario. Al promediar eso (¿el amor?) le largó a declamar la letanía bien conocida por cualquier visitante de Londres: "ai camin ai camin ai camin ai camin ai camin", gritaba, gritaba, gritaba, sustituyendo los conocidos "ai voi ai voi ai voi ai voi" de las pebetas de mi pago, que sumen al varón en el más turbado pajar de dudas sobre la naturaleza de ese sitio sagrado hacia el que dicen ir las muchachas del hemisferio sur y del que creen venir sus contrapartidas británicas. Pero uno hace todo esto para vivir y se amolda. ¡vaya si se amolda! Por ejemplo: Y después se durmió. Habrá sido el vino o las drogas, pero durmió sonriendo, y su cuerpo fue presa de una prodigiosa blandura. Miré el reloj: eran las 5.30 y no podía pegar un ojo, tal vez a causa del café, o de lo que agregamos al café.
Revisé los libros que se apilaban en la mesa de luz del cuarto de la hermana (le mi Muchacha Punk. ¡Buenos libros! Blake, Woolf, Sollers: buena literatura. ¡Cortázar en inglés! (¡Hay que ver en una de esas camas señoriales lo que parece el finado Cortázar puesto en inglés!) Había manuales de física y muchos números de revistas de ciencias naturales y de Teoría de los Sistemas.
Separé algunas para informarme qué era esa teoría que yo desconocía pero que justificaba tina publicación mensual que ya iba por el número ciento treinta y cuatro. Las miré. interesante: enriquecería mi conversación por un tiempo.
Andaba en eso citando llegó la hermana de mi Muchacha Punk con su novio. La chica dijo llamarse Dianne y era naturista, marxista, estudiaba biología, odiaba las drogas, despreciaba a los punks y no tomó nada bien que estuviésemos acostados en su cuarto, pero disimuló. Cuando le hablé, su expresión se hizo aún más severa como reprochando que un desnudo, desde su propia cama, se dirigiese a ella en un inglés tan choto.
No le gusté y ella no pudo disimularlo más.
En cambio el novio me mostró simpatía. Era estudiante de biología, naturista, marxista, odiaba profundamente a las punks y manifestó un intenso desprecio hacia las drogas y sus clientes.
Creo que de no haber mediado el episodio del encuentro y la irritación de su novia, habríamos podido entablar tina provechosa amistad. Me convidaron con sus frutas, algo muy delicioso, parecido al níspero y muy refrescante, que erradicó de mis encías el gustito a Coreen. Ella, a pesar de nuestra conversación en voz muy alta, mis gritos angloargentinos, mis carcajadas y 1()s mendrugos de risa que alguno de mis chistes lograron de la bióloga, no despertaba.
Dije a los chicos que me vestiría y que debía partir pues me –esperaban en mi hotel. Ellos dijeron que no era necesario, que siempre dormían en el suelo por motivos higiénicos y que yo podía seguir leyendo, pues "la luz de la luz no nos molesta". Así dijeron. Se desnudaron, se echaron sobre una piel de oso y se cubrieron hasta los ojos con una manta hindú. De inmediato entraron en un profundo sueño y los vi dormir y respirar a un mismo ritmo, boca arriba y agarraditos de las manos. Pero yo no podía dormir; apagué la luz de la luz y estuve un rato velando y escuchando el contraste entre las respiraciones simétricas de la pareja, y la de Coreen, más fuerte y de ritmo más que sinuoso.
Prendí la luz y revisé el reloj: serían las siete, pronto amanecería. Acaricié los pelos de mi Muchacha, su carita, sus lindísimos hombros y sus brazos, y casi estuve a punto de hacer el amor una vez más, pero temí que un movimiento involuntario pudiese despertarla. Aproveché para mirar su piel delicada y suave. Nada punk, muy aristocrática la piel de mi Muchacha. Le estudié bien el agujerito de la nariz: medía seis milímetros de ancho y formaba una estrella de cinco puntas. ¿O eran cinco milímetros y la estrella tenía seis puntas? Nunca lo volveré a mirar. Para esta historia basta consignar que estaba dibujado con precisión y que debió ser obra de algún cirujano plástico que habrá cargado no menos de quinientos pounds de honorarios. ¡Un derroche! Miré la cicatriz de la mitad izquierda de mi chica: había perdido más color y estaba apelmazada por el roce de mi mentón que la barba crecida de dos días tornó abrasivo. Me apenó imaginar que en la tarde siguiente, al despertar, mi Muchachita Punk me guardaría rencor por eso. Escribí un papelito diciendo que el service quedaba a mi cargo y lo dejé abrochado con un clip junto a un billete de cincuenta libras que había comprado tan barato en Buenos Aires, en la garganta de su botita de astrakán. Así asumía mi responsabilidad, y ella no necesitaría esperar otra semana para poner su cicatriz a cero kilómetro. Actué como hombre y como argentino y aunque nadie atine nunca a determinar qué espera un punk de la gente, yo no podía permitir que al otro día mi Muchachita se amargase y anduviera por todas las discotheques de Londres insinuando que nosotros somos unos hijos de perra que perturbamos sus cicatrices y no pagamos el service, desmereciendo aún más la horrible imagen de mi patria que desde hace un tiempo inculcan a los jóvenes europeos. Me vestí. Al dejar el cuarto apagué las luces. Para salir destrabé la cerradura de la cocina pero volví a cerrarla y deslicé la llave bajo la puerta. Los punks seguían peleando: el africano reprochaba a los otros no haberlo despertado para la cena. Otro lloraba, creo que era el francés.
Después oí una sílabas rarísimas: era alguien que hablaba en holandés.
Gracias a Dios no me vieron y encontré un taxi no bien salí a la calle, fría como una daga rusa olvidada por un geólogo ruso recién graduado en la heladera de un hotel próximo a las obras suspendidas de Paraná Medio.
La tarde siguiente, leí en The Guardian que durante la noche catorce vagabundos, a causa del frío, habían muerto, o crepado, estirando sin rencor sus veintitantas vagabundas patas inglesas, en pleno corazón de la ciudad de Londres.
Hicieron no sé cuántos grados Farenheit; calculo que serían unos diez grados bajo cero, penique más, penique menos. En el hotel me pegué un baño de inmersión y calentito y con el agua hasta la nariz leí en la edición internacional de Clarín las hermosas noticias de mi patria. Quise volver.
Al día siguiente volé a Bonn y de allí fui a Copenhague. Al cuarto día estaba lo más campante en Londres y no bien me instalé en el hotel quise encontrar a mi Muchacha Punk. No tenía su teléfono; su nombre no figura en el directorio de la vieja ciudad. Corrí a su casa. Me recibió amistosamente Ferdinand, el novio de la hermana: mi Muchacha estaba en New York visitando a la madre y de allí saltaría a Zambia, para reunirse con el padre. volvería recién a fines de abril, y él no me invitaba a pasar porque en ese momento salía para la universidad, donde daba sus clases de citología. Tipo agradable Ferdinand: tenía un Morris blanco y negro y manejaba con prudencia en medio de la rougb hour de aquel atardecer de invierno. Se mostró preocupado porque hacía un año le venían fallando las luces indicadoras de giro del autito. Le sugerí que debía ser un fusible, que seguramente eso era lo más probable que le sucedería al Morris. Rumió un rato mi hipótesis y finalmente concedió: –No lo sé, tal vez tengas razón...
Me dejó en victoria Station, donde yo debía comprar unos catálogos de armas y unos artículos de caza mayor para mi gente de Buenos Aires.
Nos despedimos afectuosamente. El armero de Aldwick era un judío inglés de barbita con rulos y trenzas negras, lubricadas con reflejos azules.
Entre él y el librero de victoria Embankment –un paquistaní– acabaron de estropearme la tarde con su poca colaboración y su velada censura a mi acento. El judío me preguntó cuál era mi procedencia; el pakistano me preguntó de dónde yo venía. Contesté en ambos casos la verdad. ¿Qué iba a decir? ¿Iba a andar con remilgos y tapujos cuando más precisaba de ellos? ¿Qué habría hecho otro en mi lugar...? ¡A muchos querría ver en una situación como la de aquel atardecer tristísimo de invierno inglés...! Oscurecía. Inapelable, se nos estaba derrumbando la noche encima. Cuando escuchó la palabra "Argentina", el armero judío hizo un gesto con sus manos: las extendió hacia mí, cerró los puños, separó los pulgares y giró sus codos describiendo un círculo con los extremos de los dedos. No entendí bien, pero supuse que sería un ademán ritual vinculado a la manera de bautizar de ellos.
El paqui, cuando oyó que decía "Buenos Aires, Argentina, Sur" arregló su turbante violeta y adoptó una pose de danzarín griego, tipo Zorba (¿O sería una pose de danza del folklore de su tierra...?). Giró en el aire, chistó rítmicamente, palmeó sus manos y (cantó muy desafinado la frase "cidade maravilhosa dincantos mil", pero apoyándola contra la melodía de la opereta Evita.
Después volvió a girar, se tocó el culo con las dos manos, se aplaudió, y se quedó muy contento mostrándome sus dientes perfectos de marfil.
Sentí envidia y pedí a Dios que se muriera, pero no se murió. Entonces le sonreí argentinamente y él sonrió a su manera y yo miré el pedazo visible de Londres tras el cristal de su vidriera: pura noche era el cielo, debía partir y señalé varias veces mi reloj para apurarlo. No era antipático aquel mulato hijo de mala perra, pero, como todo propietario de comercio inglés, era petulante y achanchado: tardó casi una hora para encontrar un simple catálogo de Webley & Scott. ¡Así les va...!

(1979)