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lunes, 7 de septiembre de 2009

"CAMAS DESDE UN PESO" (Tuñon)


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Fotografía: Horacio Coppola (Argentina)
Villa Miseria sobre el Riachuelo, 1936
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"Camas desde un peso" (Enrique González Tuñón)

Éramos cinco y nunca nos dijimos más que las buenas noches. Mi compañero de la derecha tenía una empalagosa sonrisa de maniquí. Acercábase a su cama en puntas de pie para no turbar nuestro sueño y si nos sorprendía con los ojos abiertos, saludaba con amable inclinación de vendedor de tienda.

El de la izquierda, de rostro barbudo y sórdido, vivía en perpetua actitud de contrabando; ocultaba su ropa debajo del colchón, temeroso del robo o de la requisa, y encogíase como un culpable bajo las sábanas. Al atardecer dejaba el hostal y con las manos en los bolsillos de su sobretodo color avellana, ubicábase en la esquina de Corrientes y Talcahuano o en la de Victoria y Salta, a la espera del cliente que pagara a buen precio una mezcla de cocaína y bicarbonato preparado en combinación con la Nucha.

De los otros dos inquilinos, uno era un viejo canario, pedigüeño y llorón, que cantaba malagueñas al son de su guitarra asmática y pasaba el platillo de la miseria entre las mesas alcoholizadas de los cafetines de la ribera; y el último de la serie, un ex picapleitos doctorado en trapisondas y en el vivir de lo ajeno, ave negra en la mala, dolorido de reuma, cuyo catarro crónico rompía en una tos ronca el silencio de hospital del hospedaje.

Éramos cinco y cada uno de nosotros habitaba un mundo aparte.

Éramos cinco hombres y una única solidaridad de hambre dentro del caserón colonial venido a parador de pobres por argucia del dueño Solano que disimulaba con su profesión de hotelero los deterioros infames de su frustrada honestidad.

En el frente del caserón gris y tétrico, alumbraba la luz desoladora de un cartel:


CAMAS DESDE 1 $


El Ratero y Pelito Verde pagaron la vuelta de vino tinto. Pelito Verde escupió con ruido, desperezose y dijo:

—¿Por qué será que a esta hora siempre me acuerdo de la Chilena? Ya no viene por aquí con su perro atorrante. ¡Pobre animal! Vivía como nosotros, a salto de mata, comiendo sin hora fija y soñando también como nosotros en un mundo maravilloso, con perros atados con longaniza.

—A la Chilena la conocí cuando no levantaba dos pies del suelo —comentó el Ratero—. La seguí después muchacha y supe su rumbo. ¡Qué iba a hacer! Se entregó para pagar el alquiler. Siempre es más triste y más honrado que entregarse por un collar de fantasía.

—Lo que más me molesta es la desconfianza —dijo Indalecio—. La desconfianza es un vicio social arraigado en el género humano. Todo el mundo desconfía, hasta el minúsculo hombre que ocupa en la tierra un lugar inadvertido.

—¿Vos creés en Dios, Rata? –preguntó con tono pueril Pelito Verde.

Al Ratero le sorprendió la pregunta. Caviló un instante y luego, acanallando la sonrisa, respondió:

—No sé si existe o no existe. Pero, creo en Dios. Si no existe, paciencia, no habré perdido nada. Si por casualidad existe, iré con alguna ventaja al otro mundo.



Bayar, el dibujante de café concert, y algunos literatos anónimos y demacrados reuníanse en un rincón del Puchero Misterioso.

Bayar vivía miserablemente de su lápiz, que jamás tuvo un acierto. Los literatos anónimos y demacrados llevaban sendos rollos de papel debajo del brazo y solían canjearse pesadas lecturas de engendros que salían a la luz para sumergirse de inmediato en la oscuridad.

El más interesante de los contertulios era Gozalvo.

Murió en una cama del hospital Maciel, en Montevideo.

Era un hombre de exterior desaliñando, de palabra ceceada, de rostro picado de viruela y un ojo de vidrio que disentía en color del ojo natural, porque Gozalvo adquiría su stock de ojos de vidrio en los remates, sin otorgarle ninguna importancia al color. Así lo miraba a uno con dos miradas. La una azul, animada, clara. La otra quieta, extática, como un paisaje de tarjeta postal, unas veces en tono gris, otras verde, otras castaño oscuro.

Sus amigos habíanse forjado distintas opiniones de él.

Mientras unos afirmaban que llevaba en su alma una borra de espesa amargura como la que queda en el fondo de un vaso de vino de puro campeche, otros lo tildaban de anarquista y los más de reaccionario.

Quizá todos tuvieran razón, pues Gozalvo era un hombre contradictorio. Sentía predilección por Silverio Lanza y esta simpatía emanaba sin duda del odio común a la policía. También despachábase a su gusto contra la democracia. Para definir a Gozalvo habría que aceptar esa frase familiar que con modulación de perdonavidas suele aplicarse a los descarriados:

—Es un buen sujeto, pero… tiene sus cosas.



El sitio de Gozalvo fue ocupado por Bayar en la mesa de los hombres terminados. Bayar, de mentalidad inferior, pretendía ejercer con el pesimismo del hambre, la jefatura de los artistas demacrados.

Una noche, el dueño del Puchero Misterioso lo increpó:

—¿Por qué no trabaja? ¿Es que no hay un oficio mejor para usted que el de hacer garabatos? Aquí se come y se paga o no se come.

Bayar le replicó:

—Soy una bestia cansada. Mi cansancio es hereditario. Descanso por todo lo que sudaron mis infelices ascendientes.

Seguía la perorata en la mesa ante el atento silencio de los hombres terminados:

—Aunque tuviera ganas de trabajar, ¿para qué voy a realizar mi obra? ¿Para distraer a los burgueses? Los artistas somos víctimas de un estado social. Todos nosotros tenemos imaginación; lo que nos falta es dinero. ¿Para qué sirve el talento si no podemos pagar con talento un plato de sopa? Estoy harto del Puchero Misterioso y ando con el estómago estragado por esta comida despreciable. ¡Y somos inteligentes! Mi madre me vio marchar de su lado con pena y una vecina le dijo:

—Es lástima. Ese muchacho no sabe aprovechar su inteligencia.

Tenía mucha razón. Nosotros somos perros. Nuestro ladrido es apenas el llanto del can que se ha quedado fuera y se pega al portal. Las cosas se arreglarían si de perros que somos nos convirtiéramos en lobos.



No tengo un cobre. No tengo a quien pedir un cobre. He agotado todos los recursos. Desde hace ocho día me alimento con café con leche y me voy sin pagar de las lecherías aprovechando el menor descuido del mozo. Tengo en la pituitaria ese olor de la leche recalentada.

He digerido ya mi honestidad. Pienso que después de todo soy un hombre liberado; un hombre que arrojó por la ventanilla de su desván de miseria el lastre inútil de la honestidad.

Al fin de cuentas, ¿qué es un hombre honesto? Un fabricante que explota a cientos de obreros, paga impuestos cuando no puede eludirlos con una coima, cumple con las reglamentaciones legales, engorda, cohabita con libreta de registro civil, educa a sus hijos en la misma escuela, come con voluptuosidad animal, ocupa su butaca en el teatro, se deleita con la música empalagosa, erupta y se duerme pacíficamente, es un hombre honesto.

El empleado que acepta su situación de súbdito, escala puestos, es el perfecto alcahuete del amo, vende a sus compañeros por mucho menos de treinta dineros, obedece al horario, goza su licencia, fabrica hijos y pavonea con la mujer preñada, es un hombre honesto y, además, un hombre que mira por su porvenir.

El funcionario que usufructúa una posición holgada conquistada horizontalmente por su cónyuge; el canalla político que alienta encomiásticas aspiraciones de inmortalidad, son señores honestos.

Estoy harto de la honestidad. Harto de las personas honestas. Asqueado de la mediocridad con dos patas. El abdomen burgués me produce asco. Me indigna la injuria de esa bestia que se nutre junto a la vidriera del restaurant abofeteando a la miseria que pasa. La imparcialidad me revienta e igual me acontece con la vida normal. ¿Qué es la vida normal? Vivir sin una aspiración, vegetar pasivamente. No tener jamás un sueño luminoso ni alumbrar la oscura existencia con un rayo de locura.

¿Para qué quiero cien años de vida normal? La rabia se transforma en lástima y compadezco a esas pobres criaturas normales que quedan bien con todo el mundo. Con la ley y con Dios. Para obtener su asiento en el paraíso les basta con la señal de la cruz a la hora de dormir. Y después de la señal de la cruz bajo las abrigadas cobijas, el compadecer a los desdichados que se mueren de frío en los umbrales inhóspitos.

No tengo un cobre. No tengo honestidad. La he regalado al mundo. Venga en buena hora la locura, la ardiente locura de un sueño que será mi eternidad. Comprendo al individuo estrafalario que vivaba a los faroles encaramado en un poste telegráfico, pues de cada farol un día no lejano será necesario colgar un canalla.

He llegado al hotel. En la puerta recórtanse las figuras de los facinerosos. Al acercarme me observan con minuciosidad de policías y en el instante de trasponer el umbral uno de ellos musita:

—Parece un “chorro”.

Voy subiendo la escalera del hotel y el edificio me pesa sobre el alma. Por primera vez cuento los peldaños. Son sesenta y cada uno se empina en mi orfandad. En el “hall” descubro a un amigo de otros tiempos y siento que me mortificaría si supiera que todas las noches duermo allí, porque me humillaría con sonreír compasivo. Y en el momento en que me decido a explicarle que he perdido el tren –un tren cualquiera que pudiera llevarme a un hogar— el hombre del “hall” descubre mi intención y no me da tiempo a mentir. Con sorna, seguro de que me está haciendo daño deja caer estas palabras:

—Amigo, hoy no hay cama para usted. Ni de un peso, ni de un peso cincuenta.

El hambre es la cruda realidad de la tierra. ¿Siempre el hambre? ¿Siempre el hambre? Sí, señores. Vivimos en perpetua pelea rabiosa despedazándonos entre hermanos por el pan de todos los días. El pan que guarda en su miga el espíritu de Dios está manchado de lágrimas y de sangre.

Digo que todo puede estar bien: el mundo, el alma, el misterio de la otra orilla del cielo y de la tierra. Pero, ¿y cuando un ser humano no tiene qué comer?

¿Y cuando un pobre tipo camina horadando vidrieras o con la vista fija en el pavimento en la búsqueda infructuosa de una moneda?

—Rata: ¿vos conocés el hambre?

—¡Pchs! Le he visto la facha y te la regalo. Cuando uno anda en la mala y le toca ayunar se aprieta el cinturón. Así llega el día en que el cinturón es una simple argollita, un anillo de cuero colocado en la mitad del esqueleto.

—El anillo de compromiso con la muerte.

Indalecio estiró sus piernas debajo de la mesa y Pelito Verde lo amonestó:

—Che, largo, encogé las patas. Para estirarlas tenés tiempo.

Fumaba pensando mi cigarrillo.

—Vamos a ver –dijo Indalecio—; supongamos que usted ha comido como un fraile. ¿Y de ahí? ¿Eso es todo? Usted seguirá siendo un disconforme, un eterno descontento.

—Pero, por lo menos, dejaría solucionado un torturante problema. El hambre es terrible porque no deja lugar a otro sufrimiento. Yo no puedo pensar en mi vida interior porque mi existencia no está asegurada. La preocupación miserable del pan despedaza las inquietudes espirituales. Más me aburre a mí la miseria cotidiana que al hombre satisfecho la lectura monótona de mis hambres.

Pelito Verde, en un bostezo, cerrando sus quijadas de burro viejo, le preguntó al Rata:

—¿Querés decirme quién fue el inventor del hambre? El Rata rascose la sucia pelambrera, se acomodó la descolorida gorra y, al tiempo que probaba su puntería sobre el aserrín de la salivera, respondió:

—El inventor del hambre fue Dios.



  • Enrique González Tuñón nació en Buenos Aires en 1901 y murió en Cosquín, provincia de Córdoba, en 1943. Fue cuentista, periodista y ocasionalmente novelista.

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