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sábado, 5 de septiembre de 2009

"KALI DECAPITADA" (Marguerite Yourcenar)


Kali, la terrible diosa, merodea por las llanuras de la India. Puede vérsela
simultáneamente en el Norte y en el Sur, y al mismo tiempo en los lugares santos y en los
mercados. Las mujeres se estremecen al verla pasar, los hombres jóvenes, dilatando las
ventanas de la nariz, salen a la puerta para verla, y los niños recién nacidos ya saben su
nombre. Kali, la negra, es horrible y bella. Tan delgada es su cintura que los poetas que la
cantan la comparan con la palmera. Tiene los hombros redondos como el salir de la luna de
otoño; unos senos turgentes como capullos a punto de abrirse; sus muslos ondean como la
trompa del elefante recién nacido, y sus pies danzarines son como tiernos brotes. Su boca
es cálida, como la vida; sus ojos profundos, como la muerte. Tan pronto se mira en el
bronce de la noche como en la plata de la aurora o en el cobre del crepúsculo, y se
contempla en el oro del mediodía. Pero sus labios no han sonreído jamás; un collar de
huesecillos rodea su alto cuello y en su rostro, más claro que el resto del cuerpo, sus
grandes ojos son puros y tristes. El rostro de Kali, eternamente mojado por las lágrimas,
está pálido y cubierto de rocío como la faz inquieta de la mañana.
Kali es abyecta. Ha perdido su casta divina a fuerza de entregarse a los parias y a los
condenados, y su rostro, al que besan los leprosos, se halla cubierto de una costra de
astros. Se aprieta contra el pecho sarnoso de los camelleros procedentes del Norte, que
nunca se lavan a causa de los grandes fríos; se acuesta en los lechos infectados de piojos
con los mendigos ciegos; pasa de los brazos de los Brahmanes al abrazo de los miserables
—raza fétida, deshonra de la luz— encargados de bañar los cadáveres; y Kali, tendida en la
sombra piramidal de las hogueras, se abandona sobre las tibias cenizas. Ama asimismo a
los barqueros, que son fuertes y ásperos; acepta hasta a los negros que sirven en los
bazares, a quienes se azota más que a las bestias de carga; frota su cabeza contra sus
hombros, cuajados de rozaduras por el ir y venir de los fardos. Triste como una enferma con
fiebre que no consiguiera encontrar agua fresca, va de pueblo en pueblo, de encrucijada en
encrucijada, a la búsqueda de los mismos monótonos deleites. Sus piececitos bailan
frenéticamente, moviendo las ajorcas, que tintinean, pero sus ojos no cesan de llorar, su
boca amarga nunca besa, sus pestañas no acarician las mejillas de los que la abrazan, y su
rostro permanece eternamente pálido como una luna inmaculada. Hace mucho tiempo, Kali,
nenúfar de la perfección, se sentaba en el trono del cielo de Indra como en el interior de un
zafiro; los diamantes de la mañana brillaban en su mirada y el universo se contraía o se
dilataba según los latidos de su corazón.
Pero Kali, perfecta como una flor, ignoraba su perfección y, pura como el día, no
conocía su pureza.
Los dioses celosos acecharon a Kali una noche de eclipse, en un cono de sombra, en
el rincón de un planeta cómplice. Fue decapitada por el rayo. En vez de sangre, brotó un
chorro de luz de su nuca cortada. Su cadáver, dividido en dos trozos y arrojado al Abismo
por los Genios, rodó hasta llegar al fondo de los Infiernos, por donde se arrastran y sollozan
aquellos que no han visto o han rechazado la luz divina. Sopló un viento frío condensó la
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claridad que se puso a caer del cielo; una capa blanca se acumuló en la cumbre de las
montañas, bajo unos espacios estrellados donde empezaba a hacerse de noche. Los
dioses—monstruos, el dios—ganado, los dioses de múltiples brazos y múltiples piernas,
semejantes a unas ruedas que dan vueltas, huían a través de las tinieblas, cegados por sus
aureolas, y los Inmortales, despavoridos, se arrepintieron de su crimen.
Los dioses contritos bajaron del Techo del Mundo hasta el abismo lleno de humo por
donde se arrastran los que existieron. Franquearon los nueve purgatorios; pasaron por
delante de los calabozos de barro y de hielo en donde los fantasmas, roídos por el
remordimiento, se arrepienten de las faltas que cometieron, y por delante de las prisiones en
llamas donde otros muertos, atormentados por una codicia vana, lloran las faltas que no
cometieron. Los dioses se sorprendían al hallar en los hombres aquella imaginación infinita
del Mal, aquellos recursos y aquellas innumerables angustias del placer y del pecado. Al
fondo del osario, en un pantano, la cabeza de Kali sobrenadaba como un loto, y sus largos y
negros cabellos se extendían a su alrededor como raíces flotantes.
Recogieron piadosamente aquella hermosa cabeza exangüe y se pusieron a buscar
el cuerpo que la había llevado. Un cadáver decapitado yacía en la orilla. Lo cogieron,
colocaron la cabeza de Kali encima de aquellos hombros y reanimaron a la diosa.
Aquel cuerpo pertenecía a una prostituta, ajusticiada por haber tratado de entorpecer
las meditaciones de un Brahman. Sin sangre, aquel cadáver parecía puro. La diosa y la
cortesana tenían ambas, en el muslo izquierdo, el mismo lunar.
Kali no volvió, nenúfar de perfección, a sentarse en el trono del cielo de Indra. El
cuerpo, al que habían unido la cabeza divina, sentía nostalgia de los barrios de mala fama,
de las caricias prohibidas, de los cuartos en donde las prostitutas meditan secretas orgías,
acechan la llegada de los clientes a través de las persianas verdes. Se convirtió en
seductora de niños, incitadora de ancianos, amante despótica de jóvenes, y las mujeres de
la ciudad, abandonadas por sus esposos y considerándose ya viudas, comparaban el
cuerpo de Kali con las llamas de la hoguera. Fue inmunda como una rata de alcantarillas y
odiada como la comadreja de los campos. Robó los corazones como si fueran un pedazo de
entraña expuesto en los escaparates de los casqueros. Las fortunas licuadas se pegaban a
sus manos como panales de miel. Sin descanso, de Benarés a Kapilavistu, de Bangalor a
Srinagar, el cuerpo de Kali arrastraba consigo la cabeza deshonrada de la diosa, y sus ojos
límpidos continuaban llorando.
Una mañana, en Benarés, Kali, borracha, haciendo muecas de cansancio, salió de la
calle de las cortesanas. En el campo, un idiota que babeaba tranquilamente sentado en un
montón de estiércol se levantó al verla pasar y se echó a correr tras ella. Ya sólo le
separaba de la diosa la longitud de su sombra. Kali aminoró el paso y dejó que el hombre se
acercara.
Cuando él la dejó, emprendió de nuevo el camino hacia una ciudad desconocida. Un
niño le pidió limosna; ella no le avisó de que una serpiente dispuesta a morder se erguía
entre dos piedras. Sentía un gran furor contra todo ser viviente y al mismo tiempo un deseo
atroz de aumentar con ello su sustancia, de aniquilar a las criaturas saciándose con ellas.
Se la pudo ver en cuclillas junto a los cementerios; su boca masticaba los huesos como los
dientes de las leonas. Mató como el insecto hembra que devora a sus machos; aplastó a los
hijos que paría como una cerda que se revuelve contra su camada. Y a los que exterminaba,
los remataba después bailando encima de ellos. Sus labios, maculados de sangre,
exhalaban el mismo olor insípido de las carnicerías, pero sus abrazos consolaban a sus
víctimas y el calor de su pecho hacía olvidar todos los males.
En la linde de un bosque, Kali tropezó con el Sabio.
Se hallaba sentado, con las piernas cruzadas, con las palmas unidas, y su cuerpo
descarnado estaba tan seco como la leña preparada para encender la hoguera. Nadie
hubiera podido adivinar si era muy joven o muy viejo; sus ojos, que todo lo percibían,
apenas eran visibles por debajo de sus párpados medio cerrados. La luz se disponía en
torno a él en forma de aureola, y Kali sintió subir de las profundidades de sí misma el
presentimiento del gran descanso definitivo, parada áe los mundos, liberación de los seres,
día de bienaventuranza en que la vida y la muerte serían igualmente inútiles, edad en que
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Todo se resorbe en Nada, como si esa pura nada que acababa de concebir se estremeciera
en ella a la manera de un futuro hijo.
El Maestro de la gran compasión levantó la mano para bendecir a la que pasaba.
—Mi cabeza muy pura fue soldada a la infamia —dijo ella—. Quiero y no quiero; sufro
y, no obstante, gozo; me da horror vivir y miedo morir.
—Todos estamos incompletos —dijo el Sabio—. Todos nos hallamos divididos y
somos fragmentos, sombras, fantasmas sin consistencia. Todos creemos llorar y gozar
desde hace siglos.
—Yo fui diosa en el cielo de Indra —dijo la cortesana.
—Y tampoco estabas libre del encadenamiento de las cosas, y tu cuerpo de diamante
no estaba más resguardado de la desgracia que tu cuerpo de barro y carne. Tal vez, mujer
sin ventura, al errar deshonrada por los caminos te hallas más cerca de acceder a lo que no
tiene forma.
—Estoy cansada —gimió la diosa.
Entonces tocando las trenzas negras y manchadas de ceniza con la punta de los
dedos, dijo el Sabio:
—El deseo te enseñó la inanidad del deseo; el arrepentimiento te enseña la inutilidad
de arrepentirte. Ten paciencia, ¡oh, Error!, del que todos formamos parte... ¡Oh, Imperfecta!,
en quien la perfección toma conciencia de sí misma, ¡oh Furor!, que no eres necesariamente
inmortal...

  • Fotografía: Paolo Roversi

2 comentarios:

Lucrecia dijo...

Hola amigos les escribo desde Colombia, ciudad de Medellin, tengo un comentario y es que Cuentos Orientales son de Margarite Yourcenar, y no Margarite Duras, su blog es genial he aprendido mucho y son muy bellas sus fotografias

Carlos Rouen Menard dijo...

Tienes toda la razón Lucrecia, muchas gracias por la atención. Y te espero seguido por aquí.