
Los adiestradores de Bucéfalo, el caballo destinado al rey Filipo II, no lograban domarlo. Alejandro insitió a su padre, el rey, en que él sí era capaz de conseguirlo.
Sabiendo que Bucéfalo se asustaba de su propia sombra, empleó una artimaña: enfrentó al caballo al sol. Desconcertado por la luz solar, se amanzó y dejó que el joven lo montara un buen tramo. Alejandro obtuvo así el respeto y la confianza de ese legendario caballo.
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